Hay historias que impactan a cualquiera, y la de Yeimi es una de ellas. Originaria de El Salvador, la adolescente de 15 años salió de su casa para cumplir un sueño: encontrarse con su madre que vive de ilegal en Estados Unidos.
Pero Yeimi nunca llegó a su destino. Su cuerpo, junto con otros 71 inmigrantes, fue encontrado en el rancho de San Fernando, Tamaulipas, en un caso que trascendió fronteras y conmocionó no solamente a los seres humanos comunes, sino también a gobiernos y la diplomacia internacional.
Hurgando en el ciberespacio los días posteriores al hallazgo, encontré unas líneas sobre la vida de Yeimi publicadas en El Diario de Hoy.
San Salvador, domingo 29 de agosto.- Dice la sabiduría popular que una madre no se equivoca; una abuela tampoco. Victoria Castro no quiere hablar con nadie y está sumida en la más amarga de las tristezas, luego de que representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores la visitaron ayer para confirmar sus sospechas: su nieta Yeimi Victoria Castro, de 15 años, es una de las víctimas de la masacre de Tamaulipas, en México.
El sábado pasado, en una publicación de El Diario de Hoy, la señora aseguró haber reconocido a su nieta en una imagen de televisión que mostraba los cadáveres apilados. “La mamá de Yeimi (quien vive en Estados Unidos) conoció la ropita que llevaba; yo también reconozco la ropita de mi niña”, dijo entre sollozos Castro.
Cayetano Molina, compañero de vida de doña Victoria y abuelo de Yeimi, dice que los funcionarios les aseguraron que el Gobierno cubrirá los gastos para repatriar el cuerpo de la joven. La noticia no lo alivia. Lo acerca más a un momento que no quiere vivir: “Tenerla en una caja en la casa donde la vimos crecer”.
“El corazón se me hace chiquito cuando me acuerdo de ella”, dice Cayetano. Segundos después, el dolor hace rodar las lágrimas y, para mostrar valor, toma una cuma y sigue preparando el patio de su casa para velar a su nieta, “probablemente la próxima semana”.
Los vecinos no hablan del caso. Los lugareños consultados el viernes dijeron que sospechan que el “coyote” con el que viajaba la niña es originario del cantón El Rebalse, de Pasaquina, La Unión, donde también vivía la menor y por eso temen meterse en problemas.
SE OPONIAN AL VIAJE
Cayetano Molina es un hombre sencillo, pero claro al hablar. Él y su mujer se oponían a que la niña viajara sola, “pero ya nada se puede hacer”, enfatiza.
Molina agrega que la idea de que Yeimi viajara a Nueva York fue de su hija Mariluz Castro, madre de la joven. “Victoria y yo nos oponíamos, pero un nicaragüense andaba conquistando a la niña y para que no cometiera errores, su madre se la llevó, porque quería que estudiara”, dice.
El abuelo asegura que no sabe nada sobre el traficante de ilegales. Sospecha que el trato lo hizo la madre de Yeimi a inicios de agosto, cuando estuvo junto a su hija para celebrarle los quince años. Los parientes aún recuerdan que la fiesta de Yeimi fue la mejor que ha habido en el cantón.
Hay una pausa repentina. Da la impresión de que los recuerdos de Yeimi aprisionan y laceran a Molina. Cuando se recupera, dice que “no puede haber errores. A la niña muerta le encontraron la partida de nacimiento. La muerta es mi nieta”, asegura triste. Luego se excusa porque ya no quiere hablar más y sigue podando.
El presidente de la República, Mauricio Funes, el Órgano Legislativo, la Iglesia Católica y los ciudadanos de a pie han condenado la brutal masacre y han exigido que se investigue el crimen. Pero en Pasaquina los Castro sólo quieren hallar la paz que perdieron desde que Yeimi se fue.


