— ¡Agua, agua, agua; cocas, cocas, cocas; tortas, tortas, tortas; tamales, tamales, tamales..!—, se ofrecía.
Cuando a las 8:25 de la mañana llegamos a la zona de los derrumbes de la calle Escocia en la colonia Del Valle, la intención era empezar a buscar historias -cámara fotográfica en mano- sobre el gran operativo puesto en marcha cuatro días antes cuando la tierra tembló con una mortal intensidad de 7.1 grados Richter.
Ese domingo 24 de septiembre iban y venían militares, marinos, federales, bomberos y civiles voluntarios, muchos de ellos que empezaban a colocarse en una valla en Eugenia y Gabriel Mancera para poder ingresar. Pocos hablaban y se veían a los ojos.
Llevaban cascos, tapabocas, botas y guantes industriales, y en sus brazos destacaba un tatuaje con plumón con sus nombres, número telefónico por si acaso, el tipo de sangre y la hora en que, días antes y de madrugada, habían ingresado para ayudar a sacar escombros de las llamada zona cero.
— ¡Varilla, varilla, varilla; clavos, clavos, clavos; piedra, piedra, piedra; madera, madera madera..!
En Escocia cruz con Mancera y Edimburgo el martes 19 a las 13:14 horas habían colapsado dos edifico de departamentos de siete y diez pisos con personas adentro que no alcanzaron a ponerse a salvo. Se hicieron acordeón.
Ya había pasado el martes 19, el miércoles 20, el jueves 21, el viernes 22 y el sábado 23, y las labores de salvamento con la esperanza de encontrar personas con vida mantenían en pie de lucha a cientos o miles de voluntarios.
Toneladas de escombros debían ser sacados en cubetas, carretillas y hasta con las manos para el ingreso de los topos a los derrumbes, sin permitirnos ni siquiera un estornudo.
Mandé de regreso al hotel mi equipo fotográfico y me sumé a ese ejército de estudiantes, profesionistas, amas de casa, empleados, vecinos y otros que llegaron del interior del país. ¡Al diablo el periodismo!
— ¡Dulces, dulces, dulces; galletas, galletas, galletas; paletas, paletas, paletas..!
(Esta crónica de unos días que nunca olvidaré… continuará).


