Hace un par de días escuché en un programa de televisión, una conversación acerca del tema de la violencia y todas sus formas. En este caso, hablaban de una “nueva” categoría de violencia denominada “violencia simbólica” que, de acuerdo a su definición, se trata de que “La violencia simbólica se caracteriza por ser una violencia invisible, soterrada, subyacente, implícita o subterránea, la cual esconde la matriz basal de las relaciones de fuerza que están bajo la relación en la cual se configura.”
Si bien es cierto que el mundo es un lugar hostil y que la humanidad en general no es una perita en dulce, debemos comprender que aun los lechos de rosas tienen sus espinas. La violencia es una realidad, nadie lo niega. Hay violencias que alcanzan grados de brutalidad inenarrables. Sin embargo hay un aspecto que quisiera aquí explorar un poco: El otro lado de la moneda es la hipersensibilidad, la auto-victimización y eso que ahora llaman “ofendiditis”.
Aquellos que están al tanto de la naturaleza de la interacción humana moderna, especialmente la que sucede el ámbito virtual, donde por lo general la gente no da la cara o se siente segura en la ciber-distancia; estarán de acuerdo en que así como existe una gran cantidad de grosera agresión, se da también una exagerada predisposición a darse por ofendido. Una opinión contraria, una pregunta mordaz, un comentario agudo, una postura política o ideológica, un chiste subido de tono o con tintes sarcásticos, la simple “carrilla” o cualquier cosa que se salga de la más estricta neutralidad, constituye una ofensa y por ende una agresión para algunas personas. Y entonces se arma la trifulca que suele escalar hasta niveles de verdadera violencia verbal.
En un mundo agreste y hostil complicado por la condición y la naturaleza humana, el tener la piel muy delgadita no es tan buena idea. Hay cosas que sería mejor dejar pasar, ignorar, no “ponerse el saco”, no “comprar boleto” no “engancharse”. Sin embargo debemos estar conscientes de que la fragilidad emocional, los complejos personales y la vulnerabilidad del otro juega un papel muy importante en el efecto que aun la más pequeña astilla se pueda sentir como una daga clavada en el corazón. Hay mucha gente que no maneja el sarcasmo, ni el cinismo, ni el doble sentido, ni una opinión distinta, ni un criterio opuesto, ni las bromas, ni la crítica, y ni siquiera la verdad bruta…porque todo lo ven como ofensa o como agresión dentro del amplio espectro de la violencia.
A este paso, así como hay muchas formas de violencia, -desde la más despiadada hasta la más sutil y “simbólica”, hay también muchas formas de fragilidad, hipersensibilidad y vulnerabilidad, por lo que muy seguramente acabaremos hablando lo menos posible y en monosílabos, para no equivocarnos. A un grado tal que, acabaremos por evitar oler las rosas por temor a que nos rasguñe una espina.


