Me refiero al apagón que sufrimos en el norte-noreste del país en plena temporada de pingüinos. Suponía que muchos culparían de inmediato y antes de cualquier averiguación al siniestro Manuel Bartlett.
También me gustaría culparlo, pero en estos tiempos se denuncian culpas en público que acaban siendo comedias judiciales. No parece buen tiempo para hacer justicia.
Y eso se nota sólo con ver la legión de sinvergüenzas que han amarrado o andan amarrando candidatura en sus partidos, en otros partidos, o en otros remedos de partidos, o así nada más, tanteando el agua a los elotes en alguna consulta “democrática” interna o candidatura independiente.
Me indigna (sí, a veces me indigno, cuando joden las reumas) el descaro con el que la crema y nata de la corrupción, el latrocinio, el cinismo y la impunidad, ahora resultan los valerosos defensores de la democracia.
Hacen uso diestro de ambos índices: uno para acusar al gobierno federal hasta de la derrota de Rayados, y el otro para revolearlo juguetonamente en la boca de los incautos que lo chupan con fruición de becerro.
Por supuesto, torpe y todo para dirigir el tránsito de los electrones, no tiene a la mano el botoncito para apagar y encender la luz en varios estados, y si lo tuviera, no es tan torpe como para juguetear a lo tonto con él, justo en el inicio de la campaña nacional de vacunación. Nadie en CFE puede, así nada más, girar la orden de apagar el foco a millones.
Nadie, que yo sepa, se preocupó en darle una repasada en las condiciones en las que quedó la CFE luego de la devastadora “reforma energética”. Nadie recordó que desde muchas horas antes, en Texas ya se advertían cortes debido a la tormenta invernal y, además, se hablaba de racionamiento. Nadie ha reparado en nada más que no sea su condicionamiento pavloviano de ladrar al escuchar la campanita.
Algunos hasta pretenden reivindicarlo. No me convence aún la posición del gobierno federal sobre la generación de energía, pero me convence menos quedar dependiendo de las tarifas impuestas por vándalos privados, nacionales o extranjeros. Ya lo vivimos con el gas natural doméstico. Y claro que cualquiera con buena intención apuesta a las “energías limpias”; sólo los cínicos lo hacen para justificar negocios sucios.
Una forma bastante efectiva de abaratar el debate público sobre temas nacionales que debe resultarle muy cómodo y hasta divertido al presidente López. Lo que no hay qué olvidar es que, si esa forma de debate nacional se impone, así será en adelante: la presunción de culpabilidad como prueba indiscutible de la culpa. Una dictadura, no la de la 4T, sólo sin T alguna.
Recién leí con López Dóriga una nota sacada de El Financiero culpando a México por el desabasto de gas que causó el apagón, exculpando naturalmente a Texas (que también ha estado a oscuras).
En resumen, la nota sustentaría lo que en periodismo llamaría una “respuesta inducida”: que México debe pagar el gas al precio que le impongan, explotar sus reservas, y ceder ante las empresas extranjeras y privadas para que, se generen energías “limpias”.
Pero eso de “energías limpias” es un dogma para los ingenuos, la contaminación sólo es distinta, focalizada y, eso sí, susceptible a investigar cómo reducir su impacto (eliminarlo es imposible).
Esas energías “limpias”, también “limpian” espacios productivos en el agro, irrumpen en rutas migratorias de peces y aves, generan desechos de difícil manejo, ruido y emisiones electromagnéticas…
Hay un impacto negativo adicional, económico, pero es demasiado complejo y esotérico para meterlo a la discusión en el rebaño “on line”.
Lo interesante es que todos estos inconvenientes no son “visibles” desde el espacio urbano, esa ágora volcada en las redes sociales en donde se levantan consensos democráticos “documentados y razonados”.
Inconvenientes que un campesino, un pastor, un pescador, sí reconocen de inmediato por instinto.


