Una justificación

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La deliberada y retardataria contratación de Miguel Herrera como entrenador del seleccionado mexicano expuso la predominancia, control y abusiva manipulación de Televisa sobre el futbol nacional.

Ya se conocía, pero ahora hay que aceptar como una vergonzosa realidad que la empresa de Emilio Azcárraga puede imponerse por encima de cualquier criterio. Hay una junta de dueños, pero es evidente que el dueño del América tiene voto de calidad.

Fue impuesto El Piojo y la misma empresa televisora emprendió una campaña justificatoria para su decisión.

Recordó otra época de desventuras, previa al mundial de Japón-Corea , cuando Javier Aguirre recogió un Tri arruinado y reclutó a una base de jugadores del Cruz Azul para enderezar la ruta hacia el mundial, y conseguir la calificación con mucha menos angustia ahora, pero con igual preocupación de las empresas por la potencial exclusión de la justa sobre la que danzan millones y millones.

Inexplicablemente no hubo, entonces, una consulta nacional para designar ni al técnico, ni a su base. El gran consumidor aceptó las razones como una derivación lógica, y además en ese entonces había una serie de jugadores solventes que reforzaron el combinado con El Conejo Pérez, Melvin Brown, Tomás Campos, entre algunos otros que engrosaron las filas de ese equipo que no consiguió el choteado quinto partido que nunca llega.

Ahora hay una vehemencia de Televisa por encontrar en su lugar todas las piezas del armable que es el equipo tricolor. En ese puzzle es necesario que participe el público que digiere y fagocita el producto entero, y que hace una gran polla para cebar las cuentas bancarias de los patrocinadores y los propietarios. Fueron hechos reportajes completos para darle la razón al entrenador.

Era muy necesario convencer a la afición que la decisión era correcta. Pero, ¿excluir a Salcido, Chicharito, Gio, Torres Nilo? ¿Incluir a Medina, Molina, Moi, González y hasta llegar al fallido intento de encajar a Sabueza?

Los argumentos que se han esgrimido no han proporcionado paz a la tribuna. Lo que hay, más bien, es una especie de resignación y mucho descontento. La gente, detrás del televisor, no puede hacer más que ser el director técnico de la familia, y hablar a la caja hipnotizante, para tomar decisiones que nadie escuchará, y ventilar sus frustraciones y alegrías.

Por eso se entiende que ahora, como nunca, haya un movimiento nacional subterráneo, pero muy evidente, para desear que la selección mexicana pierda ante el aparentemente débil Nueva Zelanda.

Tal vez sea lo mejor, para reconstruir el equipo en un terreno donde ya no haya quedado nada.

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