Media luna

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La media luna que decora como una protuberancia el área grande, más que una zona de delimitación, parece más un ornamento en el trazo de la cancha de futbol.

Desde que me interesé en el juego, creo que desde que nací, veía como parte integral del campo esa especie de chipote, que era como la entrada al predio donde está domiciliado el arquero, aunque tardé algún tiempo en entender su función.

Hace unas cuatro décadas, jugaba en un equipo infantil del barrio, en la Liga CROC, que tenía como escenario las canchas de la Ciudad de los Niños, terreno sagrado donde había unas 10 canchas en la colonia La Pastora, de Guadalupe, que desapareció ya a causa de la urbanización. Como se sabe, los equipos que participan en un circuito amateur de los llanos deben saldar semanalmente dos cuotas: las del arbitraje, para pagar al silbante que acude a sancionar el juego, y el del rayado, que se refiere al pago de la cal con la que se trazan las líneas que demarcan la superficie de las acciones. Pero alguien tenía que trazar esas líneas, y no eran precisamente los directivos de la Liga. De esta forma, a manera de pago del arbitraje y el rayado, Chuy, el entrenador de mi equipo, acordaba saldar esas cuotas rayando el campo. Llevaba la cal y un bote de pintura vacío, con agujeros por abajo y que era sostenido con un palo. Al golpear el bote con el piso se quedaba una marca de polvo blanco, con la que se iban delineando el terreno.

La acción del trazado se hacía los viernes en la tarde, para que al día siguiente los primeros jugadores que hacían rodar el balón a las 7 de la mañana, ya tuvieran listo el teatro de los goles. Así como Chuy, había otros entrenadores que se encargaban de otras canchas.

El trabajo de pintar un campo es arduo, pero entretenido, sobre todo cuando eres un niño y vas descubriendo cómo funciona el mundo y, en particular, la organización de un partido de futbol en un nivel organizado. Para que las líneas quedaran derechas se colocaban cordones que el que golpeaba con la cal tenía que seguir. A veces, al encargado se le olvidaba llevar esas guías y al día siguiente la chiquillada encontraba líneas desviadísimas en las bandas y en las metas.

El dibujo de la media luna requería una ingeniería especial. Primero había que marcar el manchón de penal, a 11 pasos del centro de la portería. Luego se clavaba un palo sobre esa marca para atarle una cuerda y hacerla tirante, como compás que rayaba el semicírculo. Para nosotros hacer la curvatura era un refinamiento. Cuando le pregunté a Chuy de qué servía, me explicó que era parte de una circunferencia de 9.15 metros, a partir del punto del penal para aislar al jugador que va a cobrar el castigo. En el caso del futbol llanero, la mancha servía de poco, pues bastaba con que el árbitro señalara que dejaran disparar sin estorbos al lanzador. Mi entrenador se tomaba en serio su trabajo y hacía una perfecta media luna que, hay que decir, no era de distancia reglamentaria, pero lucía pro. En cambio, otros agrimesores más chambones hacían un semicírculo tan chueco como un plátano.

Pero me quedaba una incógnita: ¿Por qué se delimitaban precisamente 9 metros con 15 centímetros? Me preguntaba para qué se le añadía a los nueve esa extensión pequeña que parece insignificante. Luego me enteré que esa distancia equivale a 10 yardas, que es la medida que determinaron los ingleses para proteger al tirador. A fin de cuentas, fueron ellos los inventores del futbol.

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