Tigres pereció de tuberculosis. O de tifus, o deshidratado. Tal vez se lo llevó la gripa, simplemente. Pero no dejó esta liguilla por futbol.
El equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León fue eliminado de cuartos de final por el Pachuca, con marcador global de empate a dos goles. De nada se murió, como si hubiera desfallecido en medio de la cancha, por falta de hierro. Los hidalguenses avanzaron por posición en la tabla. En la ida, los felinos ganaron en casa por la diferencia mínima. En el regreso, los Tuzos se les adelantaron primero y los norteños emparejaron, aunque minutos después, los locales volvieron a mover el marcador, para darles la puntilla. Los dos goles que recibieron los de bengala fueron idénticas descolgadas con dulces diagonales retrasadas desde los extremos, para que los delanteros se metieran hasta la portería con todo y balón. No se entiende por qué no se reforzó la zona del centro, en la zaga auriazul, por donde entró el vendaval pachuqueño.
Cuando estaba abajo en el marcador y necesitaba un gol para avanzar la U desarrolló su mejor nivel de futbol. Hubo asociación, conexiones entre las líneas, atrevimiento en las bandas, hasta que cayó el tanto que daba la ventaja. Pero después, el equipo se apagó y permitió la remontada.
Como era de esperarse, el director técnico de Tigres, Miguel Ernesto Herrera, salió con argumentos inverosímiles.
Dicen que la derrota aceptada sin excusas tiene mucha dignidad, pero el Piojo no entiende de eso, y, de forma reiterada, como una compulsión, tiene que poner alguna cabeza de turco, no la suya, para que se le endilguen los pecados que el equipo cometió en la serie.
Consideró a Herrera un buen analista del futbol. Sabe leer bien los encuentros. Es astuto e inteligente y sus diagnósticos son precisos. Sin embargo, cuando hace sus ecuaciones y él resulta ser el producto de la operación, guarda silencio, o desvía la atención, porque parece tener poca capacidad para la autocrítica.
En esta ocasión pretextó que Tigres perdió porque el once se hizo viejo. Que André Pierre Gignac y Nahuel Guzmán, de 36 años; Rafa Carioca, de 33; Guido Pizarro y Javier Aquino, de 32, los que forman la base del equipo, vieron pasar sus mejores años y que están en proceso involutivo. Les dio trato de decadentes, listos para el retiro cuando son los que sostienen, como pilares, esa enorme industria que es el equipo de la UANL.
Miguel Herrera tiene 54 años, y aunque es más viejo, en realidad parece más joven o, por decirlo concretamente, más inmaduro, como si el paso por el futbol activo y ahora su larga trayectoria como entrenador, no le hubieran curtido las entendederas, para reconocer que su equipo careció de eso que se llama ideas, que en el momento del esperada remontada, no tuvo forma de aproximarse al arco rival, más que con ollazos, que fueron mayormente rechazados por la atenta zaga rival.
¿Viejo Gignac? Aunque ande con bastones, la afición lo adora, porque le ha dado todo a Tigres. Ya añoso, sigue respondiendo con goles. ¿Joven Herrera? Aunque fuera treintañero, la feligresía sabe que no ha dado nada, ni siquiera ha metido al equipo a una final. En las tres liguillas que tiene el Piojo en el banquillo, el conjunto universitario se ha quedado corto por sus desatinos, no digamos torpezas, porque no supo resolver el ajedrez en el que se convierte el juego en estas instancias, en los efervescentes minutos finales.
Creo que Herrera Aguirre debe seguir como estratega. Le queda un semestre de contrato y va a tener un largo período vacacional para reflexionar. Lo que se espera, al regreso, es que entienda que debe ajustar mejor sus líneas en instancias finales, porque no sabe cerrar los juegos importantes.
Anticipo la pesada estampa de enero, cuando Tigres regrese al Estadio Universitario, en el siguiente torneo del 2023: la afición va a recibir al Piojo con un sonoro abucheo. La única forma que tendrá de revertir la animadversión es con triunfos. Si se coloca en lo alto de la tabla, la fanaticada lo va a querer de nuevo.
Pero la recuperación de la confianza tendrá que ser inmediata.


