La pobreza y el robo de las enchiladas

Últimas Noticias

Cada vez que abro los ojos me abofetea y apabulla una visión que invade mi cotidianidad, aunque trate de ignorarla.

Aun admitiendo que en mi conciencia habita, ya sea como posesionario o invitado, el egoísmo inherente a la naturaleza humana, me sigue lacerando la miseria que se ríe del discurso político, que sin importar el lado que lo emita es unificado por el cinismo, la ignorancia o el miedo a saber que la pobreza extrema terminará comiendo a quienes se burlan de ella o la desconocen.

Aspiro ver lleno de antojos mi refrigerador y comprar un automóvil deportivo, pero también deseo callar al otro huésped de mi supuesta conciencia, ese que continuamente me grita que nada hice ni más ni mejor que la nube humana que busca comer lo que haya y transportarse en lo que sea.

Ese boceto de reflexión me traslada a la noche en la que cené en un restaurante de medio pelo en la avenida Madero, en Monterrey.

Eran cerca de las ocho y media de la noche, la conversación con mi acompañante transcurría sin sobresaltos y la tranquilidad sólo era importunada por el corte de caja que hacía la encargada de esta, quien despreocupadamente formaba sobre el mostrador pilas de monedas y billetes, pese a estar cerca de la entrada principal del negocio.

Tan pronto lo vi entrar dejé en paz el tenedor, fijé mi vista en su persona y asumí el papel de perro guardián. Contaría con unos 25 años, vestía sucios harapos, medía cerca de 1.90 metros de estatura y tenía complexión delgada. Diciéndome casi desde siempre hombre sin prejuicios, lo etiqueté de inmediato como una amenaza.

Pensé que su objetivo era robar el producto de las ventas del día que estaba casi al alcance de su mano, sin embargo ignoró la importante cantidad de dinero acomodada sobre el mostrador y caminó despacio hacia el área de mesas.

Seguí atento su tránsito entre los comensales, lo que no evitó mi sobresalto cuando con impresionante agilidad consumó su objetivo. Con un movimiento felino, sorprendiendo a sus víctimas y al resto de los presentes, el indigente se apoderó en un segundo de las enchiladas que se disponía a disfrutar un hombre no mayor de 19 años, quien compartía la mesa con una joven de menor edad.

Ya con las enchiladas en la mano, el paso lento del intruso se transformó en el de una centella. Su acción rápida e inesperada, así como la enorme velocidad con la que salió del lugar, hicieron inútil cualquier intento para detenerlo.

Tras la irrupción de la miseria, lo que siguió fue bizarro.

Seguramente apenado por el mal rato atestiguado por su juvenil compañera, con la que, al parecer, deseaba quedar especialmente bien, el joven comensal pidió a la mesera la reposición de su platillo, solicitud que topó con la posición intransigente de la empleada del restaurante.

La mesera defendió a ultranza su fuente de empleo, argumentando que una vez llegadas las enchiladas a la mesa del ordenante eran responsabilidad y propiedad de este.

De poco valieron la repetida petición en diferentes tonos hecha por el agraviado, la ingenuidad y el desconcierto del rostro de su acompañante, y la expectativa del resto de los clientes. La posición de la mesera era una y sólo una: el cliente tenía ya posesión de la orden, por lo tanto la empresa no estaba obligada a reponerla.

Al prolongarse la discusión, la cajera, quien al hacer el recuento de los ingresos había ya demostrado su confianza en la humanidad, tomó la iniciativa de comunicarse con su superior jerárquico, quien pronto arribó al lugar de los hechos.

Después de cerca de 15 minutos sin observarse la cercanía siquiera de algún acuerdo y cuando el asunto se perfilaba como candidato para la creación de jurisprudencia en torno al momento en el cual se adquiere la propiedad de un platillo, arribó la gerente o dueña del negocio. Tras escuchar el reporte de la cajera, le bastaron unos cuantos segundos para resolver el caso: “sírvanle otras enchiladas”, ordenó.

Años después de ese incidente acumulo la creación de cientos de páginas de discursos e informes de gobierno, donde la lucha contra la pobreza es tema recurrente abordado, incluso, por algunos políticos que mantuvieron sus buenas intenciones hasta que se toparon con la magnitud y complejidad del problema.

Cierro entonces los ojos para deslindarme de mí y, de paso, intentar una vez más eludir la realidad de la pobreza y su advertencia sobre el futuro que no podrá contener el hambre.

[email protected]

- Anuncio -

Columnas

Vuelta a la derecha

¡Arde Nuevo León!

La banca no es eterna

- Anuncio -