Vista desde afuera, la democracia mexicana parecería estar evolucionando para bien. Con Vicente Fox se rompió la hegemonía tramposa del PRI, con Enrique Peña se consolidó la alternancia, con Andrés López la izquierda llegó a la presidencia, y para el 2024 existen posibilidades reales de que por primera vez el país sea gobernado por una mujer.
Vista desde adentro, la democracia mexicana parece que va de reversa. Además del populismo, la división, la radicalización, la desinformación, la partidización y el desmantelamiento de las instituciones, al proceso electoral que ya ha comenzado hay que sumarle la bizarra mezcla de misoginia y la cultura de la cancelación.
Como nunca antes, este sexenio se ha distinguido por el acenso de una destacada presencia femenina en la política nacional. Desde el gobierno, desde los partidos y desde el análisis varias mujeres se han consolidado como voces protagónicas en espacios que siempre les han pertenecido, pero que antes se les habían negado como parte de una tradición patriarcal.
Gracias a los cambios en el pensamiento colectivo, la presencia femenina en responsabilidades públicas ha crecido. Entre 1955, año en que las mujeres votaron por primera vez, hasta 2015, en México solamente siete mujeres habían sido electas gobernadoras; con el triunfo en el Estado de México de Delfina Gómez, en el país existen hoy nueve gobernadoras en funciones, una más esperando toma de posesión y una de ellas aspirando a la candidatura presidencial de su partido.
El año pasado, el Instituto Mexicano de la Competitividad publicó un estudio en el que analizó la presencia femenina en 158 mil puestos del gobierno federal, destacando un aumento en la participación en jefaturas de departamento y en puestos de enlace. A pesar del avance, la mayoría de las mujeres aún no logran “romper el techo de cristal” por completo, limitando así sus niveles de ingresos en comparación con sus homólogos masculinos que aún dominan en los niveles superiores. En el gabinete, la seguridad pública, la política interior y el manejo de la energía -tres cargos fundamentales para gobernar- son ocupados por mujeres. El poder judicial se une ese liderazgo de género con la reciente designación de Norma Piña, y en el INE, Guadalupe Taddei es hoy la responsable de organizar la próxima elección presidencial.
Desde la sociedad civil, las voces de Denisse Merker, Denise Dresser, Carmen Aristegui y Adela Micha son reconocidas. En los partidos políticos, la hoy expriista Claudia Ruiz Massieu, la exmorenista Lily Téllez y la panista -y potencial candidata opositora- Xóchitl Gálvez, son referentes en la antesala de la elección presidencial del 2024.
En un México tan complejo socialmente, tan polarizado y tan desigual, los avances de las mujeres en la vida pública han sido blanco de ataques despiadados particularmente en redes sociales, que de a poco se están trasladando a agresiones físicas e intimidaciones que reflejan lo mal que seguimos estando. Entre la misoginia, el machismo y la cultura de la cancelación se ha creado un bodrio que se explota estratégicamente para ofender, calumniar y agredir a las mujeres que participan en política.
Desafortunadamente, la otra combinación, la de la estridencia y la hipersensibilidad -muchas veces ventajosa- de algunas mujeres bajo el reflector popular, está rebasando el verdadero tema de conversación de cara al 2024: la rendición de cuentas. A cualquier persona que participa en el servicio y en la vida pública se le debe de evaluar no por su género, sino por sus resultados en el ejercicio de sus funciones.
No es misoginia exhibir a una mujer en el gobierno a quien se le comprueba que hace mal uso de recursos públicos; tampoco lo es denunciar a una mujer cuyo discurso es ofensivo, radical y polarizador, mucho menos exigir resultados a quien fue electa por la mayoría, o cuestionar con firmeza y argumentos a una mujer que buscar gobernar. Estos son derechos que tiene el ciudadano. Eso también es igualdad.
Horacio Nájera es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UANL y maestrías en las Universidades de Toronto y York. Acumula 30 años de experiencia en periodismo, ha sido premiado en Estados Unidos y Canadá y es coautor de cuatro libros.

