Conocí a don Beto en diciembre de 1997 en su casa de la colonia Del Prado de Reynosa, a donde su hijo Beto me llevó para presentarme como prospecto para dirigir un proyecto editorial que estaba por iniciar: Hora Cero. Tenía 61 años, la misma edad que tengo.
En abril del siguiente año me incorporé a mi puesto y las charlas con don Beto fueron más frecuentes. En su casa, con su esposa Minita, me hacían sentir como parte de la familia, tanto que hasta dormí bajo ese mismo techo varios dias, si no es que muchos, porque todavia no tenía un departamento fijo.
Andaba de un lado para el otro, literal, que hasta me alojé en su casa de McAllen. Pronto supe de su peso no solamente en el ámbito editorial sino político. No me consta pero decía que no había candidato y posterior alcalde de Reynosa que no juraba en su cargo si no tenía el “okey” de don Beto.
Pero fue hasta que Hora Cero, con un reportaje de Hora Cero que orilló a la destitución y huida a McAllen de un alcalde, se acuñó una frase: “Antes don Beto ponía alcaldes, y ahora su hijo los quita”.
Mas que molestarle, a don Beto le enorgullecía que Beto estuviera escribiendo las primeras páginas de su propia historia. Quizá no se lo decía a Beto para no preocuparlo, pero a mí sí él y su esposa en vida. Y me pedían que tuvieramos cuidado con las consecuencias: “No se confíen”.
Aunque su fama en El Mañana de Reynosa era de ser un hombre de caracter fuerte e impositivo, siempre me demostró respeto.
Sabía que en Hora Cero era como inversionista por haber comprado una rotativa, pero en no tenía injerencia editorial. “Mi papá te respeta mucho y no se atreve a darte órdenes como en El Mañana”, me lo dijo Beto varias veces. Y siempre sucedió así.
En sus acostumbradas llegadas a Hora Cero a mediodía siempre preguntaba por su hijo, y cuando no estaba entraba a mi oficina y platicábamos de todo un poco. Y muchas veces me contó de sus dos años de exilio cuando Carlos Salinas de Gortari quiso quitarle El Mañana acusándolo de narcotraficante.
Esa complicada situación hizo que pidiera a Beto interrumpir sus estudios de comunicación en la UdeM para volver a Reynosa e integrarse a El Mañana como director editorial.
“Hugo anda muy estresado. Dile que se vaya unos días a la casa de la Isla del Padre”, le dijo a su hijo después de que Gerardo Higareda -en julio de 1999- salió dentro de un baño portátil de la presidencia municipal y terminó su corto periodo en la alcaldía de apenas siete meses. Y no dudé en tomarle la palabra.
Por don Beto conocí a sus fieles amigos Franklin y Nicho. Y a su casa iba con frecuencia a comer en la mesa principal o en la barra escuchando anécdotas de don Beto sentado a lo largo en el sillón de la estancia. En ese mismo donde lo saludé con su salud que empezaba a deteriorarse hace unos tres años.
Nunca olvidaré su ronca y amable voz; su piel blanca y sus ojos de color; siempre respetuoso hacia mi persona. Siempre anecdótico y constructor de un legado en la frontera de Tamaulipas y sur de Texas.
Como tampoco nunca olvidaré que mi hijo mayor Héctor Hugo nació el mismo día que don Beto, el 27 de diciembre.
Ya está junto a su esposa Minita. Y ambos, desde El Cielo, siempre estarán orgullosos de Beto y de las páginas que sigue escribiendo en el periodismo.
No se preocupen: nunca dejaré solo a su hijo. Descansen en paz.
Gracias don Beto


