AC/DC: cuando unos dioses rockeros bajaron a tierras aztecas

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Ciudad de México.-
La noche del 11 de abril pasado, mientras avanzaba entre un océano de personas que fluyó con relativa organización hacia las salidas del Foro GNP Seguros de la CDMX, comprendí que lo que acababa de presenciar no fue otra cosa que algo histórico.

AC/DC, la agrupación australiana que tiene muy bien ganado su lugar en el Olimpo rockero, se presentó en la segunda de sus tres fechas en tierras aztecas como parte de su gira Power Up, donde ofreció a los 65 mil presentes en el inmueble ubicado en la Ciudad Deportiva capitalina una auténtica master class de cómo debe ser un concierto de rock.

La noche arrancó con una muy decente presentación de The Pretty Reckless, el cuartero que tiene como vocalista a la bella Taylor Momsen, quien se ve muy pero muy distinta a como cuando la conocimos interpretando a la inocente Cindy Lou Who en la película del Grinch protagonizada por Jim Carrey.

Poco después de las nueve de la noche, arrancaron dos horas y 20 minutos de Brian Johnson, Angus Young, su sobrino Stevie -hijo de Malcolm, fallecido en 2017-, además de Matt Laug y Chris Chaney, dejando en claro por qué no hay quien se atreva a cuestionar a quien postule que esta banda es uno de los pilares de este movimiento cultural llamado rock and roll.

Poco importa que la edad promedio de sus integrantes sea de 65.8 años, con Johnson rozando los 80 y Angus apenas pasando la marca de las siete décadas. En el escenario mostraron una fuerza y una vitalidad que son la envidia de músicos medio siglo más jóvenes que ellos.

Es verdad: Cronos no perdona y el paso del tiempo ha dejado su marca entre estas deidades rockeras, quienes necesitan pequeños descansos entre canción y canción para recuperarse.

Eso se vuelve evidente cuando escuchamos a Johnson sin la potencia que lo convirtió en la voz más emblemática del género, esa que le mostrarías a los marcianos si un día tuvieras que explicarles en una sola canción qué es eso del rock.

Sin embargo, lo que ha perdido en poder lo compensa con actitud, dominio del escenario y con un público que, sin ningún pudor, portó con orgullo miles de simpáticos cuernos de plástico color rojo y con foquitos que homenajearon la portada de Highway to Hell de 1979, mismos que iluminaron la nublada noche capitalina y se convirtieron en el artículo de moda.

Ahí estaban todos: desde el niño de nueve años arropado por su madre, que no dejó de saltar y corear los 20 temas interpretados por la banda, hasta el sexagenario en silla de ruedas y con tanque de oxígeno, quien llegó escoltado por sus dos hijos y con ellos cristalizó un recuerdo imborrable en sus memorias. Todos se entregaron por completo al hechizo de AC/DC apenas se escucharon los primeros acordes de If You Want Blood (You’ve Got It), con el que arrancó el recital.

La pieza central de este maravilloso circo de cinco pistas es Angus, con su infaltable uniforme de colegial -que esta noche fue azul- y quien llegó armado con una hermosa Gibson SG vintage a la cual, en el largo solo de Let There Be Rock con el que casi concluye la noche, le hace cosas que en ciertos países árabes seguramente merecerían la pena de muerte por delitos contra la decencia y las buenas costumbres.

Setenta años no son pocos, y por ello se comprende que a Young las piernas ya no respondan como antes. Pero nada de eso importa cuando demuestra que sus manos siguen en su mejor momento, arrancando de la lira notas y requintos que hipnotizaron a millones de adolescentes desde hace más de cinco décadas.

Cada vez que Angus toma el escenario para hacer lo suyo, el momento deja de ser un solo de guitarra y se convierte en una verdadera experiencia irrepetible, donde este genio de 1.57 metros de altura se crece como un gigante de la música, mostrando un virtuosismo e intuición que lo mantienen entre los mejores guitarristas de la historia.

De hecho, el concierto arranca con una animación en video de un viejo auto deportivo, de esos que hay que esperar a que el motor carbure para que ofrezca su máxima potencia. El símil es perfecto con Angus, que conforme avanza la noche se va soltando para, al final, ofrecernos al pequeño demonio que corre por todo el escenario al que nos tiene acostumbrados.

Quizás para dejar en claro que no están para rodeos, y muy seguramente porque esta será la última vez que los veremos en México, la segunda canción de la noche fue el himno de toda una generación de headbangers: Back in Black, el tema insigne que habla de la resiliencia de la banda, donde su primer vocalista puede morir ahogado en su propio vómito, su guitarrista fundador caer víctima de la demencia y uno de sus bateristas pisar la cárcel acusado de contratar un sicario para cometer un asesinato, pero aun así siguen adelante.

La noche continuó con clásicos como Demon Fire, Shot Down in Flames, Thunderstruck -que seguramente provocó un pequeño temblor en la zona por las miles de personas que saltaban siguiendo su ritmo-, Have a Drink on Me, Hells Bells, Shot in the Dark y Stiff Upper Lip.

La mayoría de los asistentes vieron cumplido su sueño de adolescentes de escuchar en vivo el ultra clásico Highway to Hell, que contrario de lo que dice su título no habla de infiernos o diablos, sino de la difícil vida de una banda de rock que está constantemente en la carretera, de gira y sin descanso.

Los más chavos identificaron y corearon Shoot to Thrill, gracias a que fue utilizada al arranque de Iron Man 2, una verdadera lástima, pues para algunos esta cinta es la más floja de toda la saga.

La noche -y AC/DC- no detuvieron su marcha frenética y continuaron con Sin City, Jailbreak, Dirty Deeds Done Dirt Cheap, High Voltage, Riff Raff, You Shook Me All Night Long, Whole Lotta Rosie y Let There Be Rock.

A cualquier otro fandom, el enorme escenario con tres pantallas gigantes, la decena de bocinas sonando a la máxima potencia pero sin restarle calidad a los instrumentos, y los guiños como la aparición de la campana infernal o Angus portando sus emblemáticos cuernitos, serían suficientes para irse a dormir contentos… pero no para los de AC/DC.

Por ello supieron agradecer cuando regresaron para interpretar T.N.T. y cerrar la noche con -¿cuál si no?- For Those About to Rock (We Salute You), con todo y la sinfonía de cañones que dio paso a un espectáculo de pirotecnia.

El show terminó, pero todos salieron seguros de haber presenciado algo irrepetible: unas deidades del rock que bajaron para santificar este suelo que ya había recibido muchos otros eventos monumentales.

Seguramente estos tres conciertos marcarán el adiós de AC/DC y de sus fans mexicanos, pero fue una muy buena despedida, una que quedará marcada en la mente de todos como “el mejor pinche concierto que he ido en mi vida” (yo sé que para mí lo fue).

Es más, el Gerardo de 13 años sigue agradeciendo al de 54 y a los chicos de Conecta Reynosa por haberle cumplido su sueño de ver en vivo a su banda favorita.

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