Cantar de los Cantares del balón

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Con el gol llega una gran celebración, ocasionada por un rush de adrenalina que se descarga por la nuca y la espalda del jugador, cuando la pelota besa la red. El anotador salta impulsado por resortes de éxtasis, y corre enloquecido porque en un juego se contienen muchas emociones, que se liberan con el tanto, como si fuera una descarga de voltios que provoca sensaciones placenteras.

Y junto con el jugador, sus simpatizantes también lanzan aullidos. En los estadios, el grito de gol es ensordecedor. El alarido se convierte en el coro más bello, el Cantar de los Cantares en nuestra religión pagana del balón.

Avilés Hurtado, de Pachuca, acierta un penal en la portería de Rayados, la noche del 23 de octubre en el Estadio BBVA, casa de los regios. Se juega la semifinal de vuelta del Apertura 2022. Con esa diana, marcada en la compensación, la serie queda sentenciada con un humillante marcador global de 6-2 en favor de los Tuzos. Celebra como si los dioses lo acunaran, colocándolo para el dulce sueño en la luna menguante.

Baila de emoción. En el futbol cada quién hace sus propios rituales para vivir el deleite incomparable. Algunos son francamente ridículos, pero las reglas no escritas del juego le otorgan esos permisos a sus estrellas.

Avilés contonea la pelvis y la tribuna, enardecida, le reprocha el festejo. Enfurecidos, Rogelio Funes Mori, Esteban Andrada y Cesar Montes lo encaran, lo estrujan, le recriminan su fantochería. Extrañamente, lo culpan de ser feliz. Jean Piaget, sicólogo que estudió a profundidad la psique de la niñez, vería fascinado a los jugadores de Rayados que, como infantes que no pueden tolerar la frustración, lloran en demanda de consuelo maternal. Testigos de la alegría del otro, reaccionan con una disfuncionalidad emocional provocada por la profunda depresión que, instantáneamente, les ha ocasionado la derrota. Se entiende que no puede haber felicidad por el triunfo del rival, y menos en una competencia deportiva de tan alta competencia y en momentos de elevada fiebre cerebral. Pero, la madurez que muestran otros jugadores, los mueve a callar y a retirarse para no ver el doloroso espectáculo del triunfo del contrincante.

El que se compara, cree busca una mejora personal. Avilés está bien y es feliz, Funes Mori se siente mal y enojado, y por eso quiere que el rival no prospere, que sufra por igual. Teóricos sugieren que el sentimiento de la envidia, si bien no es síntoma de patología, sí puede ser un mecanismo básico de supervivencia. Molestos, los rayados demandan compostura de Avilés, sin saber que son ellos quienes la han perdido. Lo acusan de insensato, como si estuviera carcajeándose de chistes colorados en un funeral. Que entienda que hay miles de seguidores de La Pandilla que han enmudecido de dolor y decepción, pues el equipo ha quedado eliminado. Había entre todos ellos una enorme esperanza de avanzar a la final, pero Tuzos fue mucha pieza y merecidamente obtuvo el resultado.

Los que seguimos el futbol sabemos que el festejo de Avilés trae un antecedente. Como toda buena historia pasional, está motivada por la venganza. Hace cinco años, el 10 de diciembre del 2017 el colombiano jugaba para Rayados. Ese día se disputa la vuelta de la Final del segundo semestre de la Liga mexicana. Tigres aventaja 2-1. Hay penal a favor de La Pandilla, al minuto 81. La mesa está puesta para que los locales empaten y remonten. Es su momento del partido. Para terminar pronto con este desagradable episodio para el Monterrey, Hurtado vuela el tiro y Tigres se corona. A causa de esa falla, el archirrival de la ciudad da la vuelta en el BBVA. En la primera final regiomontana, el gran culpable de Rayados es Avilés Hurtado.

La afición lo crucificó. Aunque jugó un par de temporadas más, jamás le perdonó el gazapo y lo reventó hasta asesinarlo anímicamente. Afortunadamente, resucitó en Pachuca, donde recuperó su gran nivel.

De vuelta a la actualidad. En el juego del domingo en semis, Avilés es zancadilleado al minuto 95 y se decreta la pena máxima. El juego está sentenciado, Pachuca va arriba por tres. Pero el delantero quiere su propia revancha personal. El destino lo ha colocado de nuevo en la mesa de la venganza y el banquete está servido. Con un fogonazo imparable, engaña al arquero y anota el sexto de la serie. El estadio enmudece. Monterrey ha sido humillado por su villano favorito, que ahora lanza risas estentóreas de triunfo. Lo que se escucha entre las butacas son imprecaciones para el delantero afroamericano. Lo motejan, lo insultan, se la mientan. Le arrojan vasos con líquidos y hielos. Pero nada lo perturba. Danza feliz. Aunque festeja con sus compañeros, en realidad su danza es una provocación para los miles de espectadores que aún quedan en el estadio. Sus movimientos de cadera son la expresión de alegría más chocante que se haya presenciado en la historia del joven estadio de La Pastora.

¿Con qué cara Funes Mori protesta por el festejo del ganador? Aún recuerdo cuando Rayados le ganó en la Final la Concachampions a Tigres, en el 2019. El argentino era todo risas. Y cantó un estribillo guarro y grosero, mofándose del vecino. Las cámaras replicaron su impublicable cántico, pero la comunidad de la U aguantó. El que gana celebra, decimos por acá. Por eso, no se entiende cómo es que Funes, o sus compañeros, se revuelcan en la indignación, sacan dagas homicidas y lanzan dardos de reproche a un tipo que simplemente está equilibrando el destino, que salda aquel viejo adeudo que tenía consigo mismo.

Si no se saben aguantar, para qué juegan, si no soportan la carrilla, para qué se burlan.

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