De marzo hacia acá, desde la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, han surgido diversos casos de acoso en el deporte de Nuevo León, los más graves relacionados al sexo.
El deporte, como cualquier otra actividad de la vida en común, no queda exento de esta conducta antisocial y por tanto catalogada como delito.
Todos los días se presentan situaciones de acoso sexual: un piropo, un doble sentido, envío de mensajes “sexosos”, tocamientos, propuestas indecorosas, y esto sucede en prácticamente todos lados: oficinas de gobierno o empresariales, fábricas, escuelas, en la calle, ¡en la misma familia…!
Igual se presenta de un jefe a un subordinado, de igual a igual en una posición jerárquica, y lo hay hacia el sexo opuesto o hacia el mismo sexo.
El problema se magnifica más cuando el acoso surge en el ámbito de la educación, del deporte o de la iglesia, porque se supone que estos existen para formar en valores y buenas costumbres, y en muchos casos ha resultado lo contrario.
Qué difícil debe ser para una institución ser señalada por haber tenido en su seno a una persona que ha incurrido en una falta tan grave como el acoso el sexual, o en un delito de cualquier otro tipo.
Sin embargo, bien sabemos que las instituciones no fallan, sino que, quienes podemos fallar somos las personas, los ciudadanos…
En el caso de las universidades, por ejemplo, estas están para instruir en el bien común, no para atentar contra la sociedad y, sin embargo, cuánto profesionista incurre en situaciones antiéticas.
Las instituciones serias, de renombre, con reputación y con muchos años de servicio, tienen sus códigos, valores y principios con los que realizan sus labores, ofertan sus servicios y tratan con la gente en general.
Por su parte, el individuo debe acatar las normas que le permiten convivir en los grupos sociales a los que pertenece. Es aquí donde la persona flaquea, por mucho que haya sido formado, técnicamente para un oficio o profesión, en la institución más prestigiada de su comunidad o de otra parte del mundo.
Por tantas cosas negativas que el género humano representa como tal, seguirán existiendo todo tipo de conductas antisociales, por lo que deben ser las mismas instituciones las que procuren mejores estrategias para evitar tener en ellas a individuos con este tipo de tendencias.
Empezando por los perfiles a contratar, luego estableciendo códigos de comportamiento, y en el deporte, por ejemplo, teniendo reglamentos de vestimenta, de entrenamiento, para viajes de competencia o concentraciones, y por último sancionar o quizá hasta denunciar.
En el deporte infantil, de adolescentes y hasta de juveniles, muchas veces ha funcionado echar mano de los padres de familia, ya sea como cuidadores u observadores de la conducta de sus propios hijos, y la de los entrenadores.
Aparte, siempre será de gran ayuda capacitar al personal en valores de todo tipo y hacerles ver que en el deporte existen infinidad de circunstancias que pueden desencadenar en problemas con la justicia.
Elementos como el afecto y la amistad son esenciales en todas las relaciones que rodean al deporte y que no deben perderse, pero sí saber sobrellevarlos con toda la ética posible.
Entristece tener casos de cualquier tipo de acoso en el deporte, pero bien sabemos que existen muchas más historias, sobre todo en entrenadores, que son ejemplo para la sociedad. Quisiéramos que siempre fuera así.


