Como cualquier ser humano con sangre que corre por sus venas las mujeres sí lloramos y sufrimos cuando nuestro equipo pierde, no sólo en el momento que el marcador nos da el golpe de realidad sino los días siguientes con las burlas de los contrarios, el grito que quedó ahogado en la garganta, el pasarse la semana viendo la repetición de alguna jugada y alguna falta que según nuestro criterio debió o no marcarse. Esa brutalidad encantadora tiene el fútbol.
Y sí se sufre porque al igual que todos los que son capaces de disfrutarlo nos aprendemos plantillas completas, sabemos de estadísticas, nos ilusionamos con que nuestro ídolo podrá con todo y logrará el resultado, hacemos promesas si el equipo gana, en fin, lloramos no por ser mujeres sino porque somos humanas y nos entregamos por completo al sentimiento y, cuando no se obtiene lo esperado algo, se quiebra por dentro.
Este pasado fin de semana ya nos tocó una vez más ser testigos de los primeros equipos eliminados en la Liguilla y las aficiones sufriendo; unas más que otras quizá por la forma en que se dieron éstas mismas, y así cada torneo.
La derrota duele igual para todos porque no sabe distinguir de géneros, edades o clases; a todos nos duele igual que nuestro arquero falle, que nos expulsen un jugador o que el árbitro no vea sumamente clara la falta que nosotros vimos, y más cuando eso llega a definir un partido.
Pero también nos toca muchas veces consolar tiernamente a los nuestros, hijos que quedan desconsolados por ver a su equipo perder una final; la pareja que ha quedado devastada por que su conjunto no logró avanzar y, a pesar de estar nosotras mismas cayéndonos a pedazos por la misma situación, nos complace brindarles algunas palabras de aliento, algo, lo que sea, que los haga sentirse un poco mejor en ese momento en que duele ver el marcador.
Como cada Liguilla, la que estamos viviendo y que entra en fase de semifinales semana seguro dejará a muchos con el corazón adolorido y a otros cantando de alegría.
¿Vivirá el Cruz Azul su vieja angustia? ¿Las poderosas Águilas del América refrendarán por qué de su grandeza? ¿Les alcanzará con la pura garra a los Tigres de Guido Pizarro? ¿Se dejará ver el Toluca que vimos a lo largo del torneo? Al final solo quedará uno y a los demás nos tocará aprender y curar las heridas.
Y ahí al final, también estaremos nosotras, alentando y disfrutando en cada partido, con los ojos y la camiseta empapados de emoción, dispuestas a celebrar y también consolar de ser necesario a los nuestros, porque así se vive el futbol, con el alma a tope, el corazón de por medio y la voz lista para gritar o callar con dignidad; y si lloramos no es por debilidad, es por amor y una entrega genuina porque sentimos lo que es darlo todo y aún así a veces perder.
Y aunque duela, siempre volveremos a estar ahí mientras ruede el balón, sufriendo, gozando, llorando, alentando, ilusionándonos, pero sobre todo amando y respetando este noble e intenso deporte que toca las fibras más profundas del ser humano.


