La sangre que se derrama por bombardeos en Medio Oriente ya salpicó al balón que rueda por América del Norte.
Irán e Irak, países ubicados en el Golfo Pérsico y enemistados permanentemente con Occidente, están a un escalón de bajarse por completo de la Copa del Mundo 2026 que organizarán México, Estados Unidos y Canadá. La causa es la guerra.
¿Qué no se supone que la junta internacional es una fiesta? Se esperaría que cuando faltan tres meses para que suene el silbatazo inicial el 11 de junio en la Ciudad de México, hubiera en todo el planeta una sensación de júbilo. Pero la emoción prevaleciente es un amasijo de incertidumbre, crispación, tristeza y muerte por conflictos en territorio asiático.
Es frustrante que los partidos queden atrapados entre el silbido de las balas. Bien lo dijo el Dios más pagano que ha tenido el futbol: “La pelota no se mancha”. Maradona, un pícaro santificado, apelaba a la nobleza del juego. Aún él que había recorrido todos los pecados de la sensualidad, sabía que la cancha es sagrada y que mientras sobre ella ruede la bola, se debe de honrar su mística deportiva y los celestiales preceptos del juego.
Pero no. Ahora nada vale en el balompié. La política ha incendiado el pasto de los sueños. Ya no se puede jugar sin que los poderosos pongan sus manos corruptas y ensangrentadas sobre las porterías. La pelota gira desinflada y así no se puede hacer un cambio de juego decente.
La Unión Americana es la causa por la que Irán ha decidido no cruzar el mundo para acudir a la más emocionante justa deportiva de esta segunda parte de la década. La República Islámica de Irán ya declaró que no acudirá a la cita mundialista. Se comprende. Su pueblo arde por drones de destrucción masiva. No sería justo que los jugadores de su representativo nacional anduvieran en Estados Unidos disputando alegremente una copa del mundo que en Teherán devastado a nadie le importa.
Instalado en el Grupo G, los conocidos como Príncipes de Persia tenían programados partidos contra Nueva Zelanda y Bélgica en Los Ángeles, y otro más, contra Egipto en Seattle.
Irak, a su vez, no tiene mucho entusiasmo por la invitación de la FIFA. En el 2003 las tropas estadounidenses la invadieron, para despojar al país de armamento nuclear que nunca fue encontrado. Pero la ocupación sirvió para ajusticiar al Presidente, considerado el enemigo público del mundo libre.
Pero los ciclos bélicos se repiten puntualmente.
Más de dos décadas después La Casa Blanca descarga sus misiles sobre Irán, también para evitar que procese armas atómicas. El costo, en daños colaterales, ha sido brutal y desproporcionado. La población civil ha sufrido por los bombardeos, que solo sirven para hacer más ancho el manto de la muerte que cubre con humo azufroso esa región del planeta.
La cita mundialista con ellos ya no será posible. Sería iluso suponer que los emisarios de aquella nación pudieran pisar, siquiera, el suelo del país que los ataca. Emiratos Árabes Unidos podrían sustituirlos como relevo de urgencia.
El combinado iraquí, los leones de Mesopotamia, tiene cita de repechaje en Monterrey, pero es muy posible que entre otra nación asiática a sustituirlos. En estos momentos es muy complicado salir del país por los cierres de su espacio aéreo y las complicaciones que enfrentan para conseguir visas de entrada a Estados Unidos. México les ha ofrecido tramitación exprés de sus documentos migratorios, pero se percibe que no hay ánimo en Bagdad para mandar un representativo que bien puede avanzar y calificarse, pero solo para cumplir con los compromisos en una nación de la cuál son enemigos. Si avanzan, caerían en el Grupo I , y jugarían en New York y Boston, junto a Francia, Senegal y Noruega.
El balón por estos días languidece de tristeza. Es el efecto de la política, que termina por ensuciarlo todo.
Ojalá se pudieran de acuerdo los países para que hubiera un juego limpio. Pero eso es solo una ilusión. Está visto que la magia y la alegría que se viven en la cancha, no entran en las oficinas de los palacios presidenciales.


