Leí con atención la opinión de Héctor Hugo Jiménez sobre los problemas generados por padres de familia en torneos de futbol infantil celebrados en la localidad.
No es nada nuevo lo que refiere este connotado periodista y sí se trata de un tumor maligno que aqueja al deporte infantil desde al menos unos 30 años atrás, sobre todo en el deporte de contacto físico, y no tanto en los de deportes de combate, sino más bien en los de conjunto y, sobre todo y casi siempre, en el futbol.
En nuestra época, que es la misma tanto para Jiménez como para un servidor, no existía tanta opción de deporte como ahora, y menos en Tamaulipas, por lo que casi todo se concretaba al futbol y beisbol a nivel de barrio o ligas populares, y atletismo, básquet y volei en el ámbito escolar.
Sí había algo de karate, judo, natación, tenis, pero para aprender estos deportes había que pagar cuotas en pequeñas escuelas privadas que la mayoría de la población no podía costear.
Como el deporte creció tanto en estos años se ampliaron las opciones de práctica, dando pie al nacimiento de más escuelas de deporte privadas, ligas, instalaciones y torneos, creándose desde luego toda una industria en torno al deporte infantil.
Como el deporte infantil empezó a costar, obvio que los papás tuvieron que sufragar la práctica deportiva de sus hijos, igual que la educación básica privada. Por lo mismo es muy común la participación de los padres de familia en el deporte de sus hijos.
Esa intervención de los padres en el deporte infantil debiera concretarse solo a la cooperación en las actividades del equipo, en alentar a su hijo y a los otros niños, a proveer los recursos materiales de práctica y competencia, a pagar los honorarios de la escuela deportiva y a cubrir el desembolso correspondiente cuando se trate de algún viaje a un torneo foráneo.
Sin embargo, muchos padres invaden roles que no les corresponden: entrenador, árbitro, directivo, médico, psicólogo, nutricionista, fisioterapeuta y otras tantas posiciones para las que, muy seguramente, no está preparado.
Y aunque que lo estuvieran, como los profesionistas de la educación o de las ciencias médicas, entre otros, debieran mantener una actitud de respeto por las labores del entrenador, árbitros y directivos, y que cuando las cosas no vayan bien a nivel de club, desde luego quejarse, siguiendo las vías apropiadas.
Recuerdo cuando uno mis hijos practicaba futbol y jugaba en torneos. Cuando podía asistía con gusto a verlo, a observar su evolución física, técnica y táctica, y a observar su relación con sus compañeros y con los otros papás del equipo.
Algunos papás me llegaron a reclamar que porqué yo no lo gritaba a mi hijo, que por qué no le reclamaba al árbitro. Nunca les di respuesta. Mal haría en hacerlo al ser yo un profesionista del deporte y que, como periodista deportivo, había abordado editorialmente muchos de esos inconvenientes de los papás en el deporte de sus hijos.
En todos estos años dentro del deporte, y que ya representan para mi más de medio siglo y en los que he cubierto diferentes funciones, he visto papás con muy diversas formas de involucrarse con el deporte de sus hijos.
Unos buscan tener al campeón que ellos no pudieron ser, otros se ilusionan con que su chamaco llegue a Tigres o Rayados, otros que su hijo figure para él poder presumirlo en su entorno y muchas otras actitudes más.
He visto al papá-entrenador; que sabe algo o mucho, porque jugó en la cuadra o porque llegó a profesional, o porque cree que el futbol no requiere de ciencia y que cualquiera le sabe.
Este tipo de papá es muy dañino, porque mientras que el entrador da una instrucción, él indica otra cosa a su hijo y este termina por no decidir a quién hacerlo caso: si a quien ordena en la cancha o a quien manda en la casa.
También existe el papá-fanático, que es prácticamente una persona enferma: todos los extremos de la vida son perjudiciales, y el fanatismo es eso.
Este papá no respeta el deporte, porque ni siquiera lo entiende en su real contexto, no respeta las reglas, enfrenta al entrenador y al árbitro, y lo que es peor, se pelea con los papás del equipo de su hijo y no se diga con los del equipo contrario.
Entre tantas soluciones para limitar a los papás problema, hay una que, así como existen los reglamentos técnicos de deporte, cada liga u organizador de torneos infantiles, al menos de futbol, debiera tener un reglamento riguroso para padres de familia que permita expulsar a los papás rijosos, y que esto incluya también a las mamás, porque la hay igual y hasta más “bravas”.
Otra opción es, con tal de fomentar el juego limpio, premiar el mejor gesto de deportividad en el torneo y al equipo con menos tarjetas. Que los equipos se saluden antes y después del juego y que un papá por bando participe en esos saludos de equipo.
Por otro lado… También existen los papás indiferentes, que son los que no se interesan por el deporte de sus hijos; los sobreprotectores, que resguardan de más a sus hijos: que no les dé el sol, el viento, el frío, el calor, que no los tumben en el juego, que no se provoquen un corte de piel o que tengan una laceración, por mínimo que sea.
Antes de llevar a su hijo al deporte los papás deben plantearse qué deporte elegir, qué capacidades físicas y coordinativas se desarrollan al practicarlo, cómo germina la capacidad mental, cómo este deporte favorece la socialización, y qué pasará si el niño es un talento y necesitará pasar a otras latitudes.
Los papás también deben entender que el deporte infantil tiene varios matices: el educativo, que trabaja el desarrollo motriz y forja valores; el recreativo, que fomenta la diversión y la salud; el competitivo que, aunque se trate de infantes, ya se da una búsqueda de la superación personal, y por último la iniciación deportiva, donde al niño, por su talento para tal o cual deporte, se le canaliza al de rendimiento destacado.
Por lo mismo, los papás deben tener claro que no todos los niños llegarán a las “grandes ligas” y que sólo una ínfima parte de la gran base de la pirámide del alto rendimiento deportivo llegará a la cima.
Lo mejor para los papás es dejar que sus hijos aprendan a través del deporte, que desarrollen las capacidades que la naturaleza le dio, así sean escasas, regulares o abundantes. Dejarlos que jueguen y se diviertan, que tengan muchas y variadas amistades, y que los niños, por sí mismos, vayan valorando la importancia de la práctica del deporte para su salud.
Los papás deben dejar de lado la obsesión de hacer de su hijo una estrella del deporte, es mejor que se empeñen en tener un campeón para la vida.


