Mi formación de futbolista amateur transcurrió en las canchas de la Ciudad de los Niños de Monterrey, que en realidad se encontraba en el municipio de Guadalupe, en la populosa colonia La Pastora. En mis sueños de balompié que jamás han terminado, evoco ya de adulto aquel terreno como un espacio celestial donde pasé mañanas y tardes maravillosas; los que hemos jugado de niños lo sabemos: cuando estás en el equipo del barrio, el partido en turno es el asunto más importante del mundo.
En ese predio hecho de tierra caliche, ideal para las raspaduras, había unas diez canchas. La principal era conocida como Campo Uno; tenía un graderío de concreto, el estadio, donde se desarrollaban los partidos estelares de la Liga Municipal.
Ese campo de las ilusiones ha dejado de existir. Circula una videograbación tomada la semana pasada en la que se ve caer, derribada por maquinaria, la tribuna que albergaba unos 200 espectadores. En el lugar será construido un conjunto habitacional. Hay quien dice que forma parte de un nuevo hospital regional. ¿Que harán ahí? No lo sé ni me interesa. Solo entiendo, con terrible decepción, que el progreso ha sepultado el mayor conjunto deportivo que había en el centro de Guadalupe.
Al ver el video, recordé la película Cinema Paradiso. El protagonista, ya viejo, regresa a su pueblo y atestigua la demolición del cinema local, donde se enamoró del cine cuando era niño. Es evidente el dolor que experimenta al ver la edificación derrumbándose, junto con sus evocaciones de la infancia. Así sentí al ver caer el estadio del Campo Uno, con el que quedó borrado un pedazo de añeja historia del amateurismo guadalupense, un solar pelado de varias hectáreas, que algunos llamaban El Canavati, por razones que desconozco.
El perímetro estaba conformado solo por tierra dura, que entre los mismos equipos se encargaban de delimitar con rayas de cal, para darles dimensiones de cancha de futbol. Era un sitio extremadamente rústico, lo que confirma que para la felicidad no se necesita más que entusiasmo. Y nosotros lo teníamos, representado por un balón.
La Ciudad de los Niños fue creada en 1951 por el Padre Carlos Álvarez. Una década después ya tenía una casa hogar para recibir niños huérfanos. Había también una escuela de instrucción básica, comedor y biblioteca. También fue construido el graderío emblemático del Uno.
El equipo de la institución era el Juventus, en el que jugué en sus categorías infantil y juvenil. Por ser el club anfitrión de la liga, nos asignaban la cancha estelar en cada jornada. No solo era el terreno de juego con tribuna. Era, también, el de la cancha más grande y pareja, con medidas parecidas a las reglamentarias de los profesionales. Además, por ser el rectángulo preferencial, a veces se le colocaba en las porterías redes, un lujo extremo, pues en las demás, los tres palos blancos estaban desnudos, lo que ocasionaba, eventualmente, confusiones sobre la validez de los goles.
También jugué, entre otros equipos, con el Indeler, Dina y Asturias, y en estos, también, era una distinción que la Liga nos enrolara en el Uno.
Me tocó el esplendor de aquel terreno, de ingreso libre, gratuito y comunitario. Eran las décadas de los setenta y los ochenta. Los fines de semana, el centro del universo entre la niñez futbolera de Guadalupe, estaba en esas canchas. Venían equipos de todas las colonias para disputar acá sus partidos. A mí me quedaba cerca, la Ciudad de los Niños, a menos de un kilómetro que cubría fácilmente a pie.
Los partidos iniciaban a las 7 de la mañana y terminaban a las 6 de la tarde. La casa de mis padres, donde crecí, está en la calle Rayón, en línea recta hacia las canchas. La chiquillada que llegaba de las colonias se bajaba del camión a una cuadra, en la Carretera a Reynosa. Y pasaba frente a nuestra puerta. Era la jornada sabatina un espectáculo esplendoroso y, por lo visto, ya irrepetible: ríos de niños caminaban en un peregrinar interminable durante todo el día. Avanzaban en grupos, como en un desfile, uniformados y haciendo un ruido intenso, pateando el balón. Con frecuencia tocaban la puerta de casa para pedir agua. Una vez mi hermano les llenó una tina, con un vaso para que se sirvieran. El contenedor que usó, sin darse cuenta, era el del trapeador.
Pero de eso ya nada queda.
Me pasaron una videograbación casera donde se ve el preciso instante en que cae la grada de 60 años de antigüedad. Para los constructores seguramente era solamente otro muro estorboso y listo para el derribo. Para mí fue la caída de una era, la demolición de un hermoso sueño que alguna vez hice realidad.
Porque tuve por fortuna jugar en el llano de la Ciudad de los Niños y también, la dicha permanente de arrastrar la pelota y cantar mis goles en la Cancha Uno, la de las gradas ahora deducidas a polvo.


