Falta menos de una semana para que inicie el Mundial de futbol y percibo en las ciudades mexicanas una moderada expectativa, concentrada, principalmente, en el desempeño del Tri. El ambiente es mucho muy diferente al que se vivía en el país hace cuatro décadas.
La organización del evento ahora ha sido tan excluyente que los aficionados se han desentendido de la suerte de las demás naciones. Algunos conocedores seguirán a los equipos del top ten del ranking internacional, pero la gran mayoría solo quiere consumir al producto tricolor, y conocer las novedades de lo que pasará con el once tricolor.
La FIFA no tuvo piedad y creó una fiesta de etiqueta, que cede entradas únicamente a la clase pudiente. La gente del pueblo, la que ha mantenido vivo al futbol desde hace décadas y lo seguirá haciendo cuando se apaguen los cohetones en la clausura de New Jersey, solo podrá ver los juegos por TV, si acaso algunos, que van por TV abierta; una cantidad mínima, que lo hará perder el grueso del show. Es de suponerse que, por tradición, México será el animador de la cita trinacional. El futbol es el deporte nacional. En Estados Unidos es el béisbol, y en Canadá el hockey y el lacrosse. El balón para estos dos países es solo un accesorio. Han avanzado en sus seleccionados, en la práctica del balompié, pero no hay un verdadero arraigo.
No se ha percibido gran expectación más al norte del río Bravo. Como pueblos del primer mundo, la infraestructura de aquellos lados es mucho mejor que la de este. Y también su poder adquisitivo y el ingreso es superior, por lo que se espera que existan menos dificultades, para adquirir un boleto para ver los juegos en directo.
Ningún imponderable le quita el matiz histórico a esta World Cup, pero conforme se acerca la fecha, pinta para ser anotada, en el futuro, más como un simple apunte en el almanaque.
En cambio, se recuerda el ardor ciudadano que recorrió las calles, con una febrícula cívica, en el Mundial de México 86. Eso sí fue una verdadera fiesta colectiva. Televisa se apropió del certamen pero, con menos equipos, el gigante de las telecomunicaciones pudo transmitir prácticamente cada uno de los compromisos en las distintas sedes nacionales. No había sistemas de paga y todos pudieron seguir las emociones desde sus casas.
Había otro tipo de aficionados y seguidores al futbol, más ingenuos, quizás, pero más participativos, porque les dieron la oportunidad de acceder a los juegos, con boletaje de precios módicos. Con el precio con el que uno va a ver un juego de temporada regular de la Liga MX, el fan azteca pudo ver en vivo a Maradona, Platini, Zico, Francescoli, Rummenige, Scifo, Lineker, Butragueño. Hoy el marketing y la comercialización ha atropellado el entusiasmo. Gianni Infantino, como dueño del balón, hizo de la competencia un monstruo de 48 participantes, y distribuyó el negocio en tres países para incrementar la facturación. Una cuarta parte del planeta está directamente representada en el campeonato, pero un porcentaje microscópico podrá disfrutar la experiencia adentro del estadio.
Será interesante el saldo que reportarán los organizadores al finalizar el Mundial 2026. Seguramente la Federación Internacional de Futbol Asociación podrá presumir que sus arcas se han desbordado de oro, pero anticipo que una nube de desilusión recorrerá el norte del continente americano, por aficionados sintiéndose relegados de esta feria de goles que debía ser de todos, pero que se convirtió en una celebración de un selecto grupo de adinerados.
El Mundial ayer y hoy


