De vez en cuando llegan imágenes del futbol asiático en las que se ve a una turba que baja de la tribuna de un estadio de futbol, y arremete contra el silbante. Por lo general el agredido escapa por piernas, se refugia en el vestidor o es custodiado por policías.
Supongo que estas expresiones de descontento son más una cuestión de legalidad que de cultura. En todos lados los aficionados anhelarían tapiar al colegiado, azotarlo en la plaza mayor para que pague por su ineptitud y su juicio mal encausado que, por lo general, va en contra de los intereses del equipo del enardecido fanático. Pero allá, en aquellas regiones remotas donde parece que la FIFA solo mira de reojo, no hay penalidades suficientes para los asistentes a los partidos que, desenfadadamente, pueden meterse a la cancha, como si fuera un partido amateur para arremeter contra el árbitro. Ignoro que sanciones hay, pero parece que son suavecitas.
Hay muy poca protección para el sancionador del juego a quien justamente llaman el Nazareno, porque se le cargan todas las culpas.
En la Pasada Jornada 13 del Torneo Clausura 2023, el árbitro Fernando Hernández Gómez revirtió los papeles tradicionales de la comedia semanal en que se ha convertido el torneo mexicano: pasó a ser el victimario. Por primera vez en mucho tiempo, el silbante dejó de ser el agredido para convertirse en el sujeto agresor.
En cualquier situación, un rodillazo que le da un tipo a otro no pasaría de ser un asunto de barandilla, un llamado de atención del juez calificador que, si acaso, dejaría en chirona al agresor durante una noche para que se le bajaran los rijos. El asunto es que el ataque del juez, si se le puede llamar así, ocurrió en horario estelar de sábado a las 19 horas, y en el Estadio Azteca, la catedral del futbol del país. Mientras encaraba a Lucas Romero, del León, Fernando tuvo un desliz, un error de concentración y no pudo encausar su coraje. Cegado, le dio un rodillazo al futbolista que, como ocurre en estos casos, cayó al piso como si le hubieran dado un escopetazo.
Más allá del teatro del argentino, la agresión existió y fue evidente. Como si no supiera el silbante que el mundo ya tiene que enfrentar los temores del Gran Hermano y aceptar que todo está registrado, videograbado, espiado. Ya no hay detalle que escape al ojo electrónico que mira todo y que ha desdibujado la intimidad. Está el affaire de Cristian Zermatten, argentino que jugó en Pumas fue suspendido un año completo de cualquier actividad federada por darle un cabezazo en la boca al árbitro Felipe Ramos Rizo, durante un partido en 1998. Al che, por supuesto, se le acabó la carrera. Aunque regresó a la actividad, cargó durante años la letra escarlata de la vergüenza y se opacó. La imagen quedó registrada para la eternidad por una cámara que grabó el suceso y lo repitió una y otra vez hasta la saciedad para hundir al inculpado.
A Fernando le aplicaron 12 partidos de castigo y tiene que acudir a cursos de manejo de ira. Le salió barato el exabrupto. Debe entender que en un partido de futbol donde la cabeza de todos es un hervidero de emociones, el árbitro debe jugar a estatuas de marfil. Si se mueve, pierde, si se enfada cede el control que no debe entregar. Me recordó a Bonifacio Nuñez, el más pintoresco de todos los silbantes que hayan pisado una cancha en el profesionalismo mexicano. Una vez, en un partido, ante un jugador que le manoteó, tuvo el atrevimiento de cogerle los brazos y, desesperado, juntárselos al cuerpo para obligarlo a mantener la compostura. Luego, en televisión nacional, el Boni reconoció su error entre sollozos, al confesar que el futbolista lo exasperó.
En la película Plegaria para un moribundo (A prayer for th dying, 1987) Bob Hoskins es el Padre Michael, un hombre de fe con carácter fiero. Cuando unos mafiosos profanan el templo, los enfrenta y a puño limpio les da una santa paliza. Luego, como pastor que debe alejarse de la violencia, sufre y se arrepiente, porque dejó que las emociones lo dominaran, cuando su discurso debería ser el del amor.
Pienso en el Padre Michael cuando veo la inaceptable reacción de Fernando Hernández. Si bien el ser humano es temperamental y, por definición irritable, al reaccionar a los estímulos externos, también es cerebral, y puede dominar los impulsos que, por dictados evolutivos, lo hacen sentir enfado. En una cancha de futbol si el árbitro pierde el control, se pierde todo, el gran barco que el capitanea se hunde.
Con muchísima frecuencia, cuando se menciona, en público, la palabra castigo, se le agrega la de ejemplar. Se busca que, con una sanción, opere un efecto de disuasión para los osados. No se debe hacer tal transgresión pues, como ejemplo, puede pasar esto. Aunque simpatizo siempre con los silbantes, no puedo dejar de pensar que lo el reglamento aplicó en contra de este no fue ejemplar. No hubo dureza para hacer que paguara una falta tan grave como la que cometió.
Espero que no sea ejemplo de la suavidad con la que la Federación Mexicana de Futbol trata los resbalones arbitrales, en casos tan serios y delicados como el de la violencia inusual cometida por el árbitro hacia el jugador.


