Ocurre lo mismo cada cuatro años: cuando México es eliminado de la Copa del Mundo reflexiono sobre la larga espera para volver a disfrutar al equipo tricolor en la justa internacional. Cuatro largos años. Cierto: también lamento el fracaso.
Me uno, también, a ese coro colectivo de todo el país, que tras el último partido del certamen busca explicaciones técnicas, deportivas, filosóficas, anímicas, científicas, sobrenaturales, de ese partido que se perdió para quedar fuera de la competencia. Los especialistas en todos los órdenes apilan opiniones, una sobre otra, para robustecer los argumentos que explican por qué México se va a antes de tiempo, y por qué, en estas instancias, se achica y se convierte en un equipo pequeño.
Me pregunto cómo será este año el desengaño, cuál será el sabor de la decepción. ¿Qué equipo nos dará muerte, cuál será el drama de los últimos minutos en ese juego que decidirá el desahucio del once nacional?
Porque va a ocurrir, ineludiblemente, que el Tri se vaya eliminado prematuramente. Puede ser que la fe mueva montañas, pero no mueve mundiales. No se ve por donde esta selección pueda dar zarpazos certeros para abrirse paso entre la jungla de 48 selecciones. Puede superar la fase de grupos, pero ya en la de dieciseisavos la suerte se le habrá agotado y, si acaso, podría colarse a la siguiente etapa, para caer con honor, pero no más.
Voy a sentarme, ciertamente, frente al monitor a seguir cada juego con la esperanza de que este mundial sea finalmente el nuestro, no como anfitriones, si no como conquistadores. Me convertiré un cliente del negocio futbolero que consumirá cervezas y comprará su camisa verde para estar a tono con el civismo que impondrá la moda de la temporada. Voy a ver a México con una veladora encendida en el corazón, en espera de que la fatalidad se distraiga por un par de horas e ignore al combinado azteca, tan solo por estos juegos. Bien lo dice Jorge Luis Borges: “Solo la ilusión es perfecta”. La realidad termina, siempre, trizando las perspectivas alegres. Las emociones son irracionales y con frecuencia engendran anhelos irrealizables.
Pero no puedo cegarme ante el tonelaje de evidencias. Sé que el desenlace será el mismo y aunque ya lo espero, me pregunto cómo voy a sentirme ese día. También me pregunto si valdrá la pena haber pasado por una fiesta previa llena de júbilo, para sentir la dolorosa eliminación que nos espera. Supongo que sí, pues, pese al pesimismo que guardo recónditamente in pectore, también me gusta ser parte de una celebración mundial. En Monterrey, mi ciudad, se va a jugar una parte importante del calendario y me gusta la perspectiva de un roce internacional, aunque sea por unos días. Muy en el fondo de mis ansiedades, quiero que México gane, y avance y avance en la eliminatoria.
Es extraño: me voy a decepcionar con el Tri prematuramente fuera de la carrera, pero ahí estaré pegado a la pantalla, el 11 de junio para ver la gran final de la Copa del Mundo 2026 que organizarán México, Estados Unidos y Canadá. Vibraré con esos dos equipos que no serán el mío, enfrentarse en el duelo por la supremacía en el Estadio MetLife, de New Jersey, para levantar un trofeo de monarca universal que, supongo con resignación, no veré nunca en una vitrina de mi país.


