A veces la literatura se cruza con el futbol de formas extrañas e ilustradoras.
Recuerdo, hace años, en un taller de letras, un compañero presentó un poema. El maestro lo alabó. El texto era realmente bueno y cargado de musicalidad, con un verso libre brillante. Escuché decir al mentor, ante otros profesores, que ahí estaba un futuro genio de las letras. Invitó al compañero a participar en un libro colectivo, con el texto que lo impresionó, y le pidió otros dos más, para incluirlos en la colección.
Para asombro de todos, el muchacho fue incapaz de repetir la proeza. Los poemas subsecuentes eran ramplones, tirando a malos. Las líneas eran clichés, sin profundidad y mal escritas y con desaseo ortográfico. El maestro pensó que el escrito inicial era un plagio, pero no pudo comprobarlo. De hecho, confirmó, con sus colegas que era una obra original. El prospecto jamás pudo repetir el milagro inicial, y a los pocos meses desertó del taller.
La conclusión era que el vate en ciernes había tenido un momento sublime de inspiración, pero en forma de equivocación. El poema celebrado fue un accidente, pues el autor era mediocre, como se vio en su imposibilidad de hacer otra obra interesante.
El chaval este me recordó a la Selección Mexicana, que el pasado domingo 23 de marzo derrotó a Panamá, para coronarse en la nada trascendente Liga de Naciones de Concacaf. Siento pena por algunos panegiristas de la televisión, deshaciéndose en halagos hacia el conjunto tricolor, luego de la deslucida victoria ante un modesto combinado centroamericano.
En el concierto internacional de países, a la vista de las superpotencias sudamericanas y europeas, le final ganada en este torneo no tiene realmente ningún significado trascendente.
Entiendo la obligación de los comentaristas de vender un producto devaluadísimo. Lo mismo, comprendo al entrenador Javier Aguirre, un experto en la política y la comunicación, necesitado de presentar ante la opinión pública el simulacro de un equipo renovado. Su mensaje, junto con el de todo el aparato de promoción tricolor, pretende mostrar un resurgimiento del equipo azteca, un ascenso en su propia escala.
Se aproxima, como una avalancha intimidante, la competencia reina, el Mundial de Futbol del 2026. Falta poco más de un año para la justa organizada por México, Estados Unidos y Canadá. Caen las hojas del calendario y las evidencias apuntan a un equipo tricolor inmaduro. Los jugadores que pasearon a los canaleros no son, en lo absoluto, los heraldos de la victoria que avanzarán al aspiracional y risible quinto partido.
El Tri no está listo para el concierto de naciones. El nivel exhibido en esta copita es engañoso. La raza en la tribuna del SoFi Stadium en California se emocionó y coreó olés para enmarcar una fiesta de resultado venturoso. La Selección paseaba la pelota a tres cuartos de cancha bordeando el área de los panameños. Había llegadas por las bandas y centros.
Se agradó la figura de Raúl Jiménez, la gran esperanza mexicana para este mundial. Fue el encargado de marcar los dos goles de este partido para certificar el triunfo.
La tribuna puede aplaudir a rabiar, pero no el directivo que vio el juego con análisis en frío. México no está en posición de ser competitivo. Se encuentra en la dimensión conocida de su mediocridad. No se le puede tocar la pelota así a Argentina, Brasil, Alemania, Inglaterra, Portugal, España. Parece que México abusa de sus contrincantes de Concacaf, pero sin reparar en la distancia enorme que hay ante los conjuntos de la élite mundial, de la que se encuentra aún muy lejos.
No puedo sumarme a la algarabía generada por el Tri en este torneo pasado. Espero certificar su verdadera estatura con rivales de categoría.
A ver, hasta entonces, de qué está hecho.


