Julio César Domínguez, defensa del Cruz Azul, fue incinerado públicamente luego de incurrir en una estupidez: organizó una fiesta infantil para su hijo con temática de narcotráfico.
Aunque aclaró que el ambiente del festejo estaba inspirado en un videojuego, las imágenes que circularon en redes sociales muestran a un grupo de niños que portan armas largas, evidentemente de juguete, y gorras con las siglas de un criminal apresado, y que pasará sus días en una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos.
Lo que ocurrió me remite a la actuación de un tipo escaso de cultura, con muy poco sentido común, que tropezó con una pifia evidente, al no medir el impacto que tienen sus acciones por ser figura pública.
Ya está pagando con la censura pública y el escarnio, por su pobre capacidad de reflexión. El incidente, registrado en el inicio del presente año, generó altos oleajes entre los círculos de opinadores, que demandaban su cese del equipo, que pedían que lo excluyeran de la Liga MX, que lo flagelaran, de acuerdo a leyes bárbaras de escarmiento.
Al final, su equipo hizo un pronunciamiento, junto con los federativos, para reprochar sus acciones torpes, y anunciar que tomaría cursos para sensibilizarlo sobre estas temáticas.
Ahora ya se sabe que al “Cata” lo suspendió su equipo tres partidos, además de que fue obligado a hacer un pronunciamiento público de arrepentimiento.
Al jugador lo veo con compasión. Pienso que se resbaló de fea forma, descompuso su figura y ahora quiere enmendar la falla, porque sabe que el gazapo en el que incurrió fue mayúsculo.
Afortunadamente no hubo consecuencias mayores de la anécdota, aunque él sabe que la animadversión pública es veneno y que un jugador repudiado puede no ser contratado por algún equipo de directivos sensibles.
Por supuesto que reprocho la acción de Domínguez, pues expone a su hijo y a sus amigos pequeños a glorificar una temática que le ha costado miles de vidas al país y que, además, es un enorme problema social, me atrevería a decir uno de los mayores que ha enfrentado México en su historia.
Pero el desliz no puede provocar, como se pide, que la carrera del futbolista quede pulverizada. La destructiva cultura de la cancelación ha provocado mucho daño entre profesionales públicos que, por tonterías personales, han pagado con ostracismo, relego y repudio, para quedar con su trayectoria arruinada.
Hubo quienes murieron en su quehacer público como, en el extremo, la cantante Sinead O’Connor que en 1992, en transmisión pública de TV, rompió la foto del Papa Juan Pablo II, y ya nunca fue contratada para nada y por nadie.
El caso ejemplar es el de Diego Armando Maradona, idolatrado como un dios del balompié, que llevó una vida personal extremadamente desordenada y caótica.
Adolecía de una patética falta de buen juicio para manejar su fama de astro y hacía notoria su imposibilidad para someter la enfermedad de adicciones, que lo aquejó durante las décadas en que estuvo expuesto al escrutinio universal.
Nadie pidió a Maradona que se alejara del mundo, que se recluyera, que se le sancionara. Nos fascinaba lo que hacía con la pelota y lo admirábamos por eso, aunque todos veíamos con dolor cómo erraba en su comportamiento, hasta que pereció por padecimientos derivados de sus excesos.
No dejábamos de maravillarnos por lo que hizo en lo que realmente era importante, el futbol, que nos deslumbró con luces irrepetibles en su paso de supernova por las canchas del planeta.
“El Cata” Domínguez se equivocó, pero es aquí donde entra la formación personal del niño y del individuo.
Corresponde a los mayores decirle a los pequeños que no hagan burradas, que lo que hizo ese buen jugador de futbol, fue una equivocación, y que su comportamiento, sacado del rectángulo verde, no debía ser imitado.
Lo que hizo habla de su propia formación personal. Se espera ahora que tome en serio los cursos que le darán, para que entienda en toda su dimensión el tamaño de su pecado.


