El futbol es un deporte que organiza gente rica para el disfrute de gente pobre.
Jugadores, técnicos, directivos, y por encima de todos ellos, los federativos, son los que se llevan la mayor tajada del delicioso pay que tiene merengue de dólares y euros.
Para justificar los elevados costos del acceso a este espectáculo, alegan que cuesta un dineral organizarlo. Pero lo dicen en tono de sufrimiento, como si los ríos de efectivo que se mueven no lo hicieran autofinanciable.
La repesca en el balompié azteca es un intento que tiene como propósito la recaudación. Acá, se sabe, se juega el sistema de liguilla de ocho con eliminación de llaves, para llegar a una gran final. Con anterioridad, había un par de equipos, los que ocupaban los lugares 7 y 8 de la tabla que debían eliminarse con el 9 y el 10 para acceder a la fiesta grande. Eran juegos de visita recíproca que ayudaban a que los equipos tuvieran una última entrada antes de ser desechados.
La pandemia vino a reconfigurar el funcionamiento del mundo y, por supuesto, del balompié. Se cerraron los estadios y las ganancias menguaron considerablemente. Es sabido que, en el futbol profesional, los ingresos se dividen en tres partes equitativas: esquilmos, transmisiones de TV y taquilla. Las butacas desoladas representaron un serio golpe a las finanzas de los clubes que alegaron mermas millonarias. Los magnates que controlan el balón, sentados en los restaurantes ubicados en los pisos más elevados de torres ejecutivas, tuiteaban amargura desde sus teléfonos, con cubiertas de oro, por estas pérdidas, como si estuvieran a un paso de ir a la casa hogar para meterse a la fila y pedir un plato de sopa. Por eso se ideó la súper repesca, un inédito repechaje ampliado en el que los lugares 5, 6, 7 y 8 generales, se tenían que debatir a un solo duelo definitorio, contra los que ocuparon los sitiales 9, 10, 11 y 12.
La medida excéntrica fue apoyada por todos los clubes que declararon necesidad de mayores rentabilidades para sortear los azares de una epidemia mundial de coronavirus que parecía no terminar nunca. Recordemos que, a nivel mundial, más o menos desde febrero del 2020 se desató el fenómeno de la peste originada en China que cobró centenares de miles de vidas en el planeta.
Desde que inició el presente año, con los contagios controlados, los países comenzaron a relajar sus medidas preventivas. Los cubrebocas fueron desechados, se pedía a discreción la asepsia en las manos con alcohol y las distancias personales ya se hicieron libres, para que, ahora sí, la gente se volviera a saludar de beso.
Pero la súper repesca ya se prolongó innecesariamente. Lo que ocurre en esta postemporada mexicana parece una barbaridad. Tigres, con 30 puntos tendrá que eliminarse en un último partido ante Necaxa, que se coló con 19, para avanzar, ahora sí, a la fiesta de los ocho, que es cuando realmente empieza el torneo. En un circuito de 18 competidores, dos terceras partes se meten a la competencia última, una oportunidad que parece obsequiosa. No lo es, ni siquiera el Mundial, que es de por sí generoso, con el avance de la mitad de los equipos luego se una primera fase eliminatoria.
Nunca un equipo con esa cantidad de unidades había ten ido que meterse en problemas para calificar. Eso significa que un quinto lugar podría irse antes de iniciar el festejo, y que el décimo segundo tenga la opción de campeonar.
Entiendo a Miguel Herrera, técnico felino, cuando expresa su inconformidad por un sistema que alguna vez fue útil pero que ya agotó su formato, porque la misma continuidad del almanaque mundial lo volvió innecesario y, por consecuencia, obsoleto.
Ha sido este Apertura 2022 un buen torneo, con equipos de la parte alta que están en un nivel Excelente. América, Monterrey, Santos y Pachuca, han mostrado un nivel muy superior al resto y se apuntan, cada uno como candidatos a ceñirse la corona.
Pero más allá del nivel óptimo que han manifestado los punteros, este cierre de año es ocasión para que los federativos revisen sus sistemas y formas de competencia para que impartan mayor justicia en el ámbito deportivo, privilegiándola por encima de los ingresos, que benefician a los empresarios, pero no al desarrollo armónico del juego.


