Una vez más, la política amenaza con manchar el futbol.
Como parte de las eliminatorias en la fase de grupos de la UEFA, rumbo al Mundial 2026, Israel jugará de visita ante Italia en el Estadio Fruli, en Údine, en el norte del país de la bota.
Por el cotejo programado el 14 de octubre, se esperan protestas en el exterior del coso por la presencia del seleccionado judío, en el contexto de la guerra contra Palestina. También se temen manifestaciones en el graderío, de aficionados que reprueben por la escalada bélica en aquella región, donde las dos partes en conflicto se proclaman, simultáneamente, víctimas y victimarios.
Todo el universo del futbol sufre por estas discordias añosas. Es difícil jugar y ver jugar con alegría, en un ambiente social convulsionado por la tragedia. El futbol es una fiesta, ocasión para el festejo y la socialización, pero es complicado que los integrantes del once israelí se concentren en la meta rival, desplazándose con entusiasmo en la cancha, cuando sus familias en casa se encuentran ante el riesgo inminente de volar junto con su barrio entero, por un misil teledirigido de los numerosos enemigos del país.
El balón no puede ser discreto. Siempre es protagonista en el orbe. Un cotejo entre estas selecciones reviste una pesadísima carga de nacionalismo. El conflicto en el Medio Oriente se ha polarizado, sin que se haya determinado, en el teatro internacional de las naciones, un héroe o un villano. Cada parte acusa a la otra de terrorismo, genocidio, crimen de lesa humanidad. Con sus declaraciones públicas, los líderes en conflicto van delineando criterios de simpatía. El ambiente en torno al partido se va llenando de veneno. En las sombras hay radicales que, mezclados entre los aficionados convocados al juego en Údine, podrían recurrir a la violencia para hacer pronunciamientos. A veces el diálogo entre los pueblos es el de las balas.
Palestina e Israel, vecinos en conflicto, forman geográficamente parte del Continente Asiático. Están en la región conocida como Asia Occidental o Medio Oriente. Están en la misma región en el mapamundi, pero no en la del futbol. Palestina, que nunca ha estado en algún Mundial, forma parte de la Confederación Asiática. Israel, por cuestiones políticas, juega en la UEFA. Como aliado de Estados Unidos, es un país incómodo en la zona. Décadas atrás, sus competidores asiáticos votaron por expulsado en la respectiva confederación, por lo que recibieron cómoda acogida en la zona europea, donde desde inicio de los 90 participa en las eliminatorias. No obstante, enfrenta permanentes solicitudes, hasta ahora sin eco, para que sean expulsados del circuito del Viejo Continente.
La prudencia aconsejaría suspender el juego, pero la UEFA determinó seguir hacia adelante. La autoridad municipal udinense pidió, infructuosamente, la cancelación. El seleccionador italiano Genaro Gattuso se declara sin opciones, pues retirarse significaría perder en la mesa los tres puntos en disputa. Italia no puede darse el lujo de dar ventajas en esta etapa clasificatoria. Ya se quedó fuera de los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Llegar a la Copa del año entrante en América del Norte es un asunto de prioridad nacional y no lo impedirá una disputa que no le corresponde. Se entiende su decisión.
Israel, por su parte, también acude por obligación al partido. El futbol ahí ha sufrido a causa de la guerra. Han estado jugando sus partidos como locales en Hungría, para darle a los equipos contrincantes la seguridad que no podrían proporcionar en su propio país que arde por una compleja disputa geopolítica sin solución aparente. En septiembre disputaron la ida ante la escuadra azzurra en la bella ciudad de Debrecen, con el marcador 5-4 en favor de los cuatro veces campeones del mundo. Pero ahora, en suelo italiano, con Europa en constante ebullición a causa de conflictos raciales y migratorios, el juego se ha convertido en un asunto de alto riesgo.
El duelo de la próxima semana me recuerda aquel partido que disputaron en el mundial de Francia 98, Estados Unidos e Irán. Fue considerado el juego de más alto contenido político en la historia del balompié. La cita en Lyon se convirtió en una declaración cuidadosamente teatralizada por la FIFA. Antes del silbatazo, los persas entregaron rosas blancas en señal de paz a sus rivales estadounidenses. El gesto fue aplaudido por todo el planeta. Los asiáticos ganaron 2-1 a los americanos, y el saldo fue blanco y festivo.
Ojalá los genios que administran el futbol en el mundo piensen en algún guiño similar para enfriar la fiebre que recorre actualmente el Globo, por el conflicto en Medio Oriente.


