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Entender a los mexicanos sin entender su religiosidad es imposible. Desde Quetzacoatl hasta la Rosa de Guadalupe, el tejido de identidad nacional se ha fabricado con hilos de santos, vírgenes y milagros, muchos milagros.

Para no variar, este sábado, y como ocurre en cada mundial de futbol, el equipo nacional necesitará un milagro cuando enfrente a un seleccionado argentino rabioso que anda buscando no quien se la hizo, sino quien se la paga.

En México, la simbología religiosa salió de las iglesias y se fusionó en la cultura popular. Desde la “Calavera Garbancera”, mejor conocida como la catrina, de José Guadalupe Posada, la “virgencita plis” de la reciente y trágicamente fallecida Amparo ‘Amparín’ Serrano y el “santo de los narcos” Jesús Malverde, la presencia de imágenes que evocan lo divino forman parte del catálogo social, mucho más allá de ruegos y plegarias. En este sincretismo a la mexicana, el deporte profesional no escapa, y lo mismo tenemos a El Santo y Blue Demon en la lucha libre que los Santos de Torreón y los Diablos Rojos del Toluca en la liga MX y los Angeles de Puebla en el basquetbol.

En Rusia 2018, una mujer fue grabada “dando la bendición” a los jugadores mexicanos frente a la televisión mientras se cantaba el himno nacional previo al juego contra Alemania. La imagen se hizo viral, no solo porque se ganó el juego; también porque inconscientemente ese momento elevó al clímax la identidad cultural de los mexicanos: una madre, una bendición, una selección nacional en urgente necesidad de un milagro.
Y si, el milagro llegó con un latigazo del “Chucky” Lozano. Las oraciones fueron escuchadas, se ganó el partido, pero en la euforia se olvidó que los milagros tienen fecha de caducidad, y rara vez ocurren uno inmediatamente después de otro. Allí está la Biblia, por si no me creen.

Históricamente, en su paso por los mundiales la selección mexicana gana, empata y pierde en ronda de grupos y avanza como segundo lugar. Los milagros han ocurrido casi siempre con actuaciones individuales dignas de la Rosa de Guadalupe: Ochoa parando el penal a Polonia en Qatar, Lozano y su gol en 2018, Ochoa atajando a Brasil en 2014, Gio con su gol a Holanda en 2010, Márquez anotándole a Argentina en 2006 y el giro de cuello quasiexorcista de Borguetti en su gol a Italia en 2002.

Se viene el juego contra Argentina con todo lo que representa empatar o incluso ganarle a Messi en su último mundial, lo cual requeriría de un nuevo milagro azteca. Dosificando la carga de peticiones a los cielos, bien se puede perder -está en el presupuesto- y definir todo ante los árabes, cuyas oraciones les fueron contestadas, y bien, al derrotar a los argentinos. Igual y también a ellos se les acabó la cuota de milagros mundialistas y México los derrota para avanzar de ronda.

La otra es hacer cadena de oración para que la selección haga el milagro de eliminar a los argentinos -igual y en esas hasta con gol de Funes Mori-, se empate o hasta pierda con los árabes y se siga adelante. El riesgo está en que pedir un tercer milagro en segunda ronda ya se ve más complicado, por más abnegadas y religiosas madres que el sábado se graben santiguando a 11 a través de una pantalla.

¿Y si mejor pedimos por el milagro de ya no depender de un milagro para ganar? Digo, apenas es uno, el que nos concede en cada mundial de futbol.

Horacio Nájera es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UANL y maestrías en las Universidades de Toronto y York. Acumula 30 años de experiencia en periodismo, ha sido premiado en Estados Unidos y Canadá y es coautor de cuatro libros.

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