1994: a veinticinco años

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Mi generación es privilegiada, para bien y para mal. Ha vivido años convulsos que marcaron el rumbo del país que ahora somos. El 1994, como lo fueron para el mundo los años de 1989 o 1992, resultó para México un antes y un después. Este país no es el mismo, pues se aplica muy bien la premisa de “los hubieras no existen”.

En 1994, tenía 18 años, la mayoría de edad, estaba en mi último año de preparatoria y me perfilaba para ingresar en la universidad. En el mes de enero nos despertamos con la noticia de que en Chiapas se levantaba el movimiento armado del EZLN. Dos meses más tarde se asesinaba al candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, quien se perfilaba – a pesar del gran posicionamiento político del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas – como el candidato ganador, pues estaba desafiando al sistema ¡desde dentro!

Con la muerte de Colosio y la fuerza mediática que había tomado la figura del Subcomandante Marcos, la inestabilidad social y política se compensaba con una boyante estabilidad económica. Las expectativas ante la puesta en marcha del TLC no dejaban duda sobre la capacidad mexicana para, finalmente, entrar al “primer mundo”.

Todos estábamos viviendo el letargo de la borrachera que suponía tener una moneda sólida que casi estaba a la par que el mismísimo dólar -recordemos que habían eliminado tres ceros a la moneda y la percepción de pagar $3.00 MxP por dólar era una locura. Alcanzaba para todo, había dinero circulante y los nuevos productos estadounidenses se podían consumir en las tiendas de autoservicio y departamentales sin mayor problema. Dejábamos atrás el concepto de “fayuca”.

A los 18 años todo se te hace fácil. En diciembre de 1993 me encontraba en San Cristobal de las Casa, Chiapas con Jesús y con Jorge, aunque habíamos dicho que estaríamos en Los Ángeles, California a nuestros padres. La noche del 31 de diciembre celebraríamos el Año Nuevo en un bar de esa ciudad, sin embargo, los planes cambiaron. Pocos minutos antes, nos informaron que se cerraría el servicio y que nos recomendaban irnos a nuestras habitaciones para evitar problemas. Por supuesto que no hicimos caso. Conocimos al Subcomandante Marcos y vivimos desde dentro la organización, los modos y la ideología del “zapatismo” que permeaba en todos los niveles (local, nacional y mundial).

Marzo fue caótico, pero los encumbrados políticos lo resolvieron. Zedillo sustituiría al candidato asesinado, Aburto estaba ya encarcelado y, aunque las teorías de conspiración iban y venían, los candidatos contrincantes (ya mencionamos a Cárdenas del relativamente nuevo PRD, pero nos falta mencionar al Panista Diego Fernández de Ceballos) pudieron estar a la altura y no hicieron mayores aspavientos sobre lo acontecido: no lucraron, siguiendo palabras del candidato priísta.

Agosto culminó con la elección del candidato Zedillo como presidente. Cosa que se esperaba, dado el gran manejo mediático que tuvo el PRI al explotar la imagen de Colosio. La estabilidad económica lograba contener la inestabilidad social que se experimentaba.

Septiembre, sin embargo, resultó tortuoso con el asesinato del Secretario General del PRI, Francisco Ruiz Massieu. Y, como habitualmente sucede al llegar este mes, los siguientes meses cayeron en desbandada y perfilaron la debacle que estaba por venir.

El último mes del año 1994, con el cambio de gobierno devino también la gran crisis económica (el llamado error de diciembre) y con él se esfumaron los sueños de primer mundo que se habían vendido no solo a los mexicanos, canadienses y estadounidenses, sino a todos los demás países.

1994 cumple 25 años. Cada veinticinco años se cierra una generación y comienza otra. Este año (94), sin embargo, resulta especialmente significativo pues marcó un hito en la historia de México. Este país hubiera sido otro si el EZLN no hubiera salido del silencio de la selva (o si el movimiento hubiera llega a las ciudades), hubiera sido otra la realidad mexicana si Colosio no hubiera sido asesinado o si el error de diciembre no hubiera existido… pero “los hubieras no existen”.

Esta Jirafa también es melancólica.

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