El ex gobernador de Tamaulipas sigue añorando los días de su sexenio en los que su palabra era la última razón de los destinos políticos de nuestro Estado. Como dice en algún pasaje bíblico, no se movía una hoja de ningún árbol sin que él lo autorizara, así de intenso me pareció su poder. Era tanto el miedo que llegó a infundir que hasta los panistas que no lo querían tuvieron que hacer de tripas corazón y entrar en ese juego de simulación en que terminaban, más que por aceptarlo, por resignarse a que no había de otra.
Tanto el ruso Fredor Dostoyevsky como el francés Honorato de Balzac, dos de los más grandes clásicos de la literatura universal que sabían describir en su impresionante narrativa los contrasentidos de la naturaleza humana, tendrían en la persona del ex gobernador tamaulipeco esa inspiración para describir los absurdos del hombre político que en el instante más ardiente de su vida, las acusaciones de las que fue blanco, aparece plasmado de modo imperecedero y ahora resulta que en el barullo mental que causan los ruidos mediáticos vertiginosos, que no terminamos de analizar en su veracidad u honorabilidad, es considerado ya un posible candidato a la presidencia de la República.
El día de ayer me quedé boquiabierto y anonadado por la forma tan discretamente satisfactoria como mi compañero en la radio, Ernesto Parga, dijo que veía en Cabeza de Vaca un candidato casi obligado ante la aplanadora mediática, política y existencial que representa Morena frente a una oposición que no termina de encontrar el sentido y la forma para confrontar con inteligencia la apabullante ubicuidad de la autodenominada 4T, instigada y promovida todos los días desde el pulpito central del gobierno por medio de su líder máximo, AMLO.
Parga me dio cucharadas de mi propio pragmatismo al no considerar necesario un juicio moral antes de considerarlo un posible candidato, por todas las referencias que hay de su forma de gobernar Tamaulipas. Muy orondo me dijo, o más bien le entendí, que, si la oposición no termina de entender que la competencia por la presidencia de la República no será un concurso de moralidad sino de política, entonces podrían escoger a un candidato insípido frente a la aplanadora obradorista.
Y en un ejercicio de pragmatismo galopante asumió que, ante una inevitable e inminente polarización propiciada desde Palacio Nacional, la mejor opción es aquel que garantice saber confrontar al presidente, como ya lo ha hecho y lo sigue haciendo Cabeza de Vaca, independientemente de la opacidad y de su forma tan autocrática de haber gobernador nuestro Estado.
Debo confesar que nunca me ha gustado el estilo político del ex gobernador, un vendedor de chamoyadas que se encontró en su vida el camino de la política y la supo asimilar. Necesitamos un quántum de duda, de lucha, de tragedia interior, para no ser tan pragmáticos en la percepción de la política nacional que nos lleve a que el fin justifica los medios.
Querido y dilecto lector, hoy entiendo que casi siempre es un secreto destino el que regula las cosas visibles y públicas. Podemos deducir de lo sucedido hasta ahora en nuestro planeta, que casi todos los acontecimientos universales son reflejo de íntimos conflictos personales. Entiendo a mi pesar que uno de los grandes y asombrosos secretos de la historia es producir permanentemente incalculables consecuencias con causas del tamaño de microbios, y no será esta la última vez en que la pasajera perturbación de un solo individuo ponga en agitación a un grupo de gobierno.
Veo en la posible candidatura de Cabeza de Vaca, que sería producto de alguna desavenencia que se convierte en una implacable y lógica sucesión de aludes. Porque así es la historia, diría Stefan Zweig que teje con hilos de araña las inextricables mallas del destino. En su maravilloso mecanismo de abrir surcos, la más diminuta ruedecilla pone en movimiento fuerzas monstruosas. Así también el exgobernador, las naderías se convierten en algo poderoso.
Pero los mexicanos de bien, frente a las luchas electorales que se avecinan, pareciera que estaremos destinados desde el origen a una suerte negra sin recibir de los dioses ninguna indicación ni advertencia. Nos dejan recorrer el camino, despreocupados, sin presentimientos, y, desde el fondo de nuestra propia persona, nuestro destino crece y avanza a un encuentro fatal con nuestro destino.
El tiempo hablará.

