Hace muchos años, era costumbre familiar pasar los Días Santos en un ranchito ubicado en el municipio de Allende, Nuevo León, cercano al cauce del río Ramos.
Invariablemente, cuando íbamos en camino al rancho, nos deteníamos en ese corredor de vendimia de cosas y comidas típicas conocido como Los Cavazos donde siempre había molienda de caña. Ahí comprábamos los conos de piloncillo, indispensables para preparar la capirotada. Pero también, comprábamos elotes asados a las brasas, pan de elote, algunas naranjas, y bebíamos mucha agua-miel, lo que con frecuencia nos causaba un efecto laxante a todos, quienes horas más tarde terminábamos haciendo fila y tomando turnos para usar el único baño que había en la casita del rancho.
La capirotada no fue nunca mi postre favorito. Para mí, la palabra “capirotada” era sinónimo de desorden, de revoltura, de una combinación indescifrable de ingredientes que, bajo cualquier otro contexto, no se hubieran mezclado nunca. Símbolo de la diversidad y la divergencia coexistiendo en un mismo plato –como una representación del mundo- extrañamente dulce, con esa variedad de colores, sabores, aromas y texturas que me provocaban a la vez antojo y náuseas, placer y culpa, nomás de verlo todo junto y revuelto.
Los días de Semana Santa que pasábamos en el rancho de Allende, olían a brasas de leña, a agua de pozo, a musgo de rio y sonaban como zumbidos de abejorros…con frecuencia en esos tiempos, caían chubascos por las tardes, en ocasiones también con granizos que repiqueteaban como tamborcillos sobre el techo de madera y láminas, acompasando los truenos y relámpagos de esas lluvias de primavera… y luego, ese sopor tibio del “dolce far niente” , esa dulzura de no hacer nada, ese placer y relajación de la ociosidad consciente, dejando a un lado la “capirotada” de la vida cotidiana, complicada, urbana… Nada más que comer, dormir, sentarse junto a la lumbre y quedarse como hipnotizados viendo la danza de las flamas, espantarse a los mosquitos y voraces zancudos y por las noches, ver las estrellas y la luna llena que marca el calendario de los días santos; como si eso fuera la vida, (o quizás eso debería ser), simplemente ser, estar escuchando a lo lejos el suave murmullo del agua del rio que pasa entre las sedientas raíces de los sabinos que la beben como el tiempo, para nunca más volver.
Se dice que la Semana Santa es un tiempo para la reflexión, y sí. En mi caso, era la capirotada servida en la olla de barro como suculento postre al centro de la mesa, lo que me llevaba a reflexionar: la vida es como una capirotada, un misterio indescifrable, un milagro o un accidente, es caos y es orden, cada quien la saborea de forma distinta, trae de todo y bastante; hay quienes se engolosinan y otros que se empachan con ella; hay quienes la digieren bien y otros a los que les cae pesada, hay quienes se atascan y otros que mejor le sacan la vuelta. Hay quienes la escudriñan con la punta del tenedor, como tambien hay otros que le entran a cucharadas llenas. Unos la disfrutan con prudencia y otros que se avorazan.
Sí….la vida es una capirotada.
La historia de la capirotada viene desde la capirotada de España, que en la Nueva España evolucionó con un significado espiritual en relación con la pasión de Cristo y el tiempo cuaresmal. De allí que el pan simbolice el cuerpo de Jesús, la canela representa la cruz, la miel de piloncillo el dolor de la preciosa sangre, el clavo los clavos de la crucifixión, el queso el sudario y la fruta, grageas o chochitos de colores, coco rallado y nueces la alegría de la Pascua que se espera para la resurrección.


