El maquillaje del dolor

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Por Martín Sifuentes/ columnista invitado

Para todos aquellos y aquellas que están juzgando un maquillaje.
Vivimos tiempos extraños. La empatía parece estar perdiendo terreno frente a la velocidad con la que emitimos juicios. Ya no basta con conocer una tragedia; ahora también nos sentimos con el derecho de dictar cómo debe sufrir quien la padece.

Alejandra Quintos, madre de Dafne, la pequeña que perdió la vida en circunstancias que aún conmocionan a Ciudad Madero y a todo el estado de Tamaulipas, salió públicamente para exigir justicia y agradecer las muestras de solidaridad que miles de personas le brindaron. Lo hizo peinada, maquillada y con una apariencia cuidada.

Y eso fue suficiente para que aparecieran los jueces de siempre.

Hubo quienes dejaron de mirar el inmenso vacío que deja la muerte de una hija para concentrarse en un labial, un peinado o un rostro que, según ellos, no reflejaba el dolor esperado. Como si el sufrimiento tuviera un uniforme obligatorio. Como si existiera un manual que indicara la forma correcta de llorar.

Qué fácil es señalar desde la comodidad de una pantalla. Qué sencillo resulta convertir una fotografía o un video de unos cuantos segundos en un diagnóstico sobre el alma de una persona.

Pero el dolor no siempre tiene lágrimas visibles. Hay quienes gritan en silencio. Hay quienes se derrumban cuando nadie los ve. Hay quienes encuentran fuerzas para ponerse de pie solo porque saben que, si se desploman, jamás volverán a levantarse.

¿Quién puede decir cómo debe lucir una madre que acaba de perder a una hija?

Quizá arreglarse fue un acto de dignidad. Quizá fue una manera de reunir el valor necesario para enfrentar las cámaras. Quizá fue un pequeño escudo para no romperse frente a miles de personas. O quizá simplemente fue una decisión personal que no necesita explicación alguna.

Lo verdaderamente preocupante es que una sociedad capaz de conmoverse por la muerte de una niña pueda olvidar esa tragedia para dedicar su energía a juzgar el maquillaje de su madre.

Estamos normalizando una peligrosa costumbre: creer que una imagen revela toda la verdad. Y casi nunca es así. Detrás de un rostro sereno puede habitar el más profundo de los infiernos.

Antes de criticar, convendría recordar una verdad tan sencilla como humana: el dolor no se exhibe, se vive. No todos lloran igual. No todos se rompen de la misma manera. Y nadie tiene la autoridad moral para calificar el duelo ajeno.

Tal vez el problema no sea que Alejandra se haya maquillado. Tal vez el verdadero problema sea que hemos dejado de mirar el corazón para quedarnos únicamente con la apariencia.

Porque las cicatrices más profundas son precisamente las que nadie alcanza a ver.
Hay tragedias que no admiten espectadores convertidos en jueces. Hay dolores que merecen silencio, respeto y compasión, no tribunales en las redes sociales.

Quizá algún día entendamos que el verdadero rostro del sufrimiento no siempre está desfigurado por el llanto. A veces lleva los ojos secos porque ya no quedan lágrimas; a veces se peina, se maquilla y hasta intenta sonreír, no porque el dolor haya desaparecido, sino porque el ser humano posee una capacidad extraordinaria para ocultar las heridas que lo están destruyendo por dentro.

Antes de emitir un juicio, hagamos una pausa y recordemos que nadie conoce la batalla que libra el corazón ajeno.

Porque el maquillaje se quita con agua.

Pero el vacío que deja la muerte de un hijo… ese no lo borra el tiempo, ni el olvido, ni la vida misma.

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