Aunque en secreto deseaba que existiera, en público manifestaba la certeza de su inexistencia.
Pensaba que si la razón determina lo que es verdadero, debería admitir que desear la existencia del Paraíso, a lo sumo, sería mera ilusión para mitigar el miedo por el inevitable regreso a la nada.
En cambio, de representar la razón el anhelo de conocer la verdad del origen y destino del hombre, vedada de antemano por su naturaleza, ese lugar podría existir.
Pero los conocí y resolví este dilema. Acompañándolos supe que es la experiencia emocional, no el pensamiento racional, la que hace posible disfrutar el Paraíso en la tierra y soñar con su prolongación para llenar la nada.
Ver en esas madrugadas su prisa para responder a la cita con lo desconocido, apenas contando con el indispensable equipamiento de batalla…
Comprobar cómo las tóxicas atmósferas de esas reuniones de final incierto eran incapaces de ahogarlos, porque era su espíritu y no sus pulmones el que respiraba…
Observar que no los replegaban ni el agua calientísima que ingresaba en los agujeros que tenían las botas de algunos de ustedes, ni las altísimas temperaturas que hubieran fundido hasta el más templado carácter de un mortal…
Y atestiguar que hay servidores públicos que sobre sus problemas personales, cinismo de gobernantes, indiferencia de ciudadanos, insensibilidad de administradores y limitaciones de equipo frente a escenarios en ocasiones de terror, me hizo conocer que el deber es para cumplirse sin excusas y que hay seres que enaltecen a la humanidad, aunque no lo pretendan.
Hoy que los sé físicamente desaparecidos, pero siempre presentes en sus enseñanzas y ejemplos, extiendo aquí, a propósito de sus recuerdos, el mayor respeto a todos los elementos que en el mundo compartieron y comparten su profesión y valores.
Por ti, David Herrera, entendí que en la tarea que ejerciste el término “heroísmo” tiene cabida, como me quedó claro aquella ocasión en la que vi cuando tu esposa, calzando maltratadas sandalias de plástico y acompañada por tus pequeños hijos impecablemente vestidos de orgullo, te pasó a través de una ventana de la Estación Central tacos con más picante que guisado. Poco después morirías en cumplimiento de tu deber, y tu familia recibiría en tu ausencia más dinero que en tu presencia.
Jaime Marín, esa tarde en el hospital me enseñaste que las palabras que se pronuncian más fuerte no salen de la boca. “Tóquelo, él lo siente”, me dijo el familiar que te acompañaba. Desde la volcadura de la máquina 9, en la que viajabas en el estribo trasero porque era el único sitio en el que podías ir, nunca recobraste la conciencia. Jamás quise decir tanto como esa vez que apreté tu brazo.
Gracias, Irving López, por haberme permitido solidarizarme con una de tus ilusiones. Conocer que la muerte asalta también a la gente joven y con sueños como tú, tiró a la basura una de las preguntas más estúpidas que he realizado: ¿Es justa la vida?
Tus deseos para alimentar con saber a los demás fueron tan grandes que solías duplicar tus lecciones: lo mismo enseñabas cómo combatir al enemigo de la gente y su patrimonio, que dabas cátedra de vocación y paciencia, inolvidable maestro de vida, José Ángel Mejía.
“Anda, ven, que no sabemos cuántos estarán el próximo año”, fue tu argumento irrebatible para que volviera a integrarme al grupo, Martín Castillo. Y volvimos a intercambiar ideas acerca de cómo mejorar el servicio y a recordar esas noches cuando entrábamos al infierno para conocer el Paraíso. Gracias a tu consejo platicamos hasta poco antes de tu partida.
Nadie me contó acerca de un hombre capaz de penetrar hasta el fondo de la cueva de Satán para cumplir con su trabajo, y tampoco nadie me describió a un ser humano que hasta en sus últimos momentos fue un guerrero. Conocí a Santos González, quien antes de fallecer tuvo la entereza hasta para animarme: “Vas a ver, mi hermano, con el favor de diosito todo va a salir bien; saluda y cuida a tu muchacha”. Perdona mi ambición, pero quisiera que mi valor llegara a las plantas de los pies del tuyo.
Que este 22 de agosto, Día del Bombero, servidores públicos ejemplares como lo fueron ustedes en vida, sigan haciendo del deber cumplido la llave de entrada al Paraíso.
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