El sombrero de Alejandrina

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Su cabello era lacio, cuadrado arriba del cuello, en tono castaño obscuro, casi negro. Con ojos rasgados cafés y tez blanca. De personalidad dulce y noble, su nombre era: Alejandrina.

La conocí a principios de los 90s, en la escuela primaria “Serapio Venegas”, en el turno matutino, la cual aún existe y se encuentra en el municipio de Cadereyta.

Teníamos alrededor de nueve años de edad cuando nos hicimos amigas, aunque estuvimos juntas desde el jardín de niños.

A ella no la dejaban ir a la casa de mi abuelita, donde yo vivía, así que yo iba a la suya al salir de clases y fue así que conocí a toda su familia: padres, hermanos y abuelita.

Se nos iban las horas conviviendo y platicando a diario. Aún tengo en mi mente esas tardes y hoy estoy escudriñando en ellas sólo por nostalgia.

No tengo claro el último día de clases antes de las vacaciones de verano que nos dijimos hasta el próximo grado, que sería cuarto.

La sorpresa fue que al volver a clases ella no estaba más en mi salón y aunque entendía que eso a veces sucedía, llegué a pensar que fui incómoda como amistad por ser tan “jacalera”, como me decía mi abuelita y tal vez por eso la habían cambiado.

Meses después reapareció Alejandrina, pero en el turno de la tarde y hoy me pregunto por qué nunca me acerqué a platicar con ella de nuevo y solamente la vi a distancia.

La última imagen que tengo de ella es recargada en el exterior de un salón de clases, a un lado de la ventana, sonriendo rodeada de otras amigas y con un gorrito de pescador en su cabeza, lo cual era extraño.

Pasaron un par de años para que me enterara que había fallecido de leucemia y que su funeral fue en su casa, ya que sus padres no tuvieron dinero para otro lugar.

Aunque no entendía mucho por ser una niña, me sorprendió la noticia y me dio tristeza no haber estado en ese último tiempo. Lamenté su corta vida, pero me sentí agradecida de haberla conocido.

Quise ir a su casa a buscar a sus padres y saber qué había pasado y entre tantas inquietudes, me vino un recuerdo de una confesión que me hizo Alejandrina estando en su casa años atrás.

“Mi abuela tiene un secreto de mi que no me quiere decir”, aseguró entre juegos, después de toparnos y alejarnos de la presencia de su abuela en silla de ruedas.

Por lo que entendí, eso le daba muchas vueltas en su cabecita y después de su muerte, en la mía.

En estos días les escribí a dos amigos de la primaria y ambos se acuerdan de ella, inclusive Diego compartía dulces desde más pequeños.

Esta columna es para la mamá de Alejandrina, de parte de sus amigos y de mi, que hoy como padres comprendemos su dolor.

Que sepa que la memoria de su hija sigue viva en quienes la conocimos y que también la echamos de menos.

Descansa en paz, amiguita Alejandrina.

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