Luego de casi 33 años en los medios de comunicación, en la prensa, en la radio y mucho más tiempo en la televisión, mi vida dio un giro de 180 grados. Sin embargo me tarde un darme cuenta, quizás por eso que llaman “resistencia al cambio”. Me tardé en asimilarlo a pesar de que la evidencia estaba frente a mí, cada mañana. Y así, caí en la cuenta de que ya no soy la que fui (o como fui). Ya no es necesario esmerarme tanto en mi arreglo personal o cosmético como lo hacía antes, invirtiendo tanto tiempo, dinero y esfuerzo en tratar de mantener una imagen producida y pensando en qué ropa me pondría o si el tono de mi rubor debía ser melocotón o un rosa malva, para luego buscar entre decenas de opciones el labial que mejor combinara en el encuadre de esa paleta de colores sobre mi cara. Eso era a diario: el cabello, la báscula monitoreando cada gramo en mi peso y talla, las cremas y mascarillas, las gotas de seda. Era sin duda un ritual esclavizador que se había vuelto rutina.
La imagen de la vanidad adquiere la máscara de ser necesidad, especialmente cuando se depende de la aprobación pública. La necesidad de agradar, de permanecer, de aparentar una seguridad que no siempre está realmente ahí; la necesidad de reconocimiento, del “like”, del “rating”…pero sobre todo, de la búsqueda incesante de una permanencia imposible de sostener. Así fue que un día, eso se acabó. Mi ciclo en esos menesteres ya se había cumplido y era evidente la degradación, el “cada vez menos” hasta que resultó doloroso seguir tratando de mantener el equilibrio sobre una cuerda floja o aferrada a una hebra que apenas me sostiene cual si fuera un diente a punto de caer. Y sin embargo, lo más difícil es dejar de asociar esa forma de vivir como lo que realmente es la vida y dejar de pensar que el personaje que construimos dentro de una profesión es nuestra verdadera y única identidad. Aunque es común confundir nuestro rol con nuestro ser, no es así.
Ahora tengo un público diferente: son quince niños y niñas de diez años de edad y yo soy su maestra del 5° grado de primaria. Desde que dejé mi trabajo en los medios, cambié el set por el aula, el público por alumnos, pantallas por pizarrones blancos, guiones por libros de texto y pautas por programas académicos. Pero también cambié los nervios por entrega, los miedos por cariño, el reconocimiento por respeto, la ansiedad por paciencia, la pose por el paso, la imagen por la presencia…aquellas lentes de tres cámaras activadas por un switcher, son ahora quince pares de ojitos que debo capturar, sin insinuaciones ni manipulaciones, pero sí con motivaciones; no con una noticia, sino con una enseñanza. ¡Al principio quería salir por piernas! Era como si me hubiera tele-transportado a otro mundo que no era “el mio”.
Pero ahora, cuando abro el cajón de mi tocador que aun parece un arsenal de cosméticos, veo aquella vasta colección de pestañas postizas que yacen en sus estuches y parecen como dormidas en el sueño de los justos porque ya han cumplido su misión. Y en mi clóset, los zapatos con altísimos tacones de aguja reposan uno junto a su par, esperando algún evento para volver a pisar la calle. La ropa de todos colores y texturas acumulada por esa absurda necesidad de “variedad”, se añasca marcándose con la horma de los ganchos que la sostienen. Nada de eso importa ya, nada de eso me contiene ni me define…no soy y quizás nunca fui, solo me decían “la Dama de las Noticias” Ahora soy “la maestra de quinto año”…actividad que tampoco me define, pero me hace descubrir algo muy distinto en mi.
Ahora, me duermo temprano y me levanto antes de que se asome el sol. Me visto con pantalones negros, tenis negros y una camiseta tipo Polo, sin escote ni ceñida, en color azul marino con el logotipo de la escuela sobre el costado izquierdo. Llevo las uñas cortas, limpias y sin esmalte, el cabello lavado y peinado con sencillez. Cargo mi mochila y algo de dinero para el refrigerio del recreo y vuelvo a casa deliciosamente agotada y, al mismo tiempo, curiosamente cargada de energía. El Día de la ONU me vestí de Egipcia, en Halloween me disfracé de payasito y el 2 de noviembre de Catrina…y aun así, siempre fui yo: la maestra de quinto año; sin poses, sin guardar apariencias, sin sonrisas ensayadas, ni discursos predeterminados. Solo sé que esas quince personitas me esperan y me descubren todas las mañanas y yo también. Eso es lo importante. Eso es un giro de 180°.


