Iba en el séptimo capítulo de “Monstruo: la historia de Jeff Dahmer”, serie de Netflix que está siendo sensación, y además de apreciar a Evan Peters en todo su esplendor (lo vengo haciendo desde sus trabajos anteriores) no podía evitar sentir, en ocasiones, pena por el desalmado sujeto.
Y no, no soy una psicópata, ni me identifico con sus crímenes, el origen de mi sentimiento era que veía a aquel “monstruo” desde la butaca de madre.
Estaba odiándolo con todo mi ser por su frialdad, desfachatez y maldad, hasta que vi a aquel pequeño niño rechazado, ignorado, solitario y abandonado; y reafirmé, aunque ya lo sabía, lo importante que es la infancia en la vida de las personas; pero también pensé: “¡qué difícil es ser padre!”.
Ninguno de nosotros nace sabiéndolo, y aunque algunos nos informamos en internet y leemos algunos libros para más o o menos orientarnos, y usamos nuestras referencias maternas y paternas para seguir acciones y evitar otras, no deja de ser una labor complicada.
Porque el camino al infierno puede estar plagado de buenas intenciones, o bajo la idea de “quiero que tenga lo que yo no tuve”, se pueden cometer muchos errores que lejos de hacerle bien a nuestra criatura pueden terminar afectándolo gravemente, aunque no haya sido eso lo que deseábamos.
Cada padre es libre de educar a sus hijos como quiera, el problema radica en que ese niño consentido al extremo, o que creció prácticamente solo y sin supervisión formará parte de una sociedad que deberá lidiar con sus acciones de adulto, y es ahí cuando se verán las consecuencias de la indiferencia, el descuido o el valemadrismo de los progenitores.
En nuestra corta carrera como padres hemos recibido diversos comentarios que no nos han agradado tanto: primero, que mis hijos van a crecer “traumados” porque sacan buenas calificaciones; después, que están sobreprotegidos; y finalmente, que los hijos son como los padres.
“¡Mentiras!”, dijera la D’Alessio (la chaviza no entenderá la referencia, pero los más grandes por supuesto que si) porque mis hijos han entendido que sus buenas calificaciones son el resultado de su responsabilidad y saben que para lograrlo deben trabajar no solo en casa, sino en la misma escuela, y eso, déjenme decirles, es algo que ellos solitos, sin que yo me esfuerce en ello, practican solos; al contrario, se “trauman” si salen mal en un examen, porque ya le agarraron gusto a los nueves y dieces.
El tema de la sobreprotección salió porque desde que están en guardería se les ha inculcado que deben contarle todo a mamá y a papá, y ahí si “pues no mi ciela”, eso no dejará de ocurrir, porque la buena comunicación en casa es fundamental y en estos tiempos turbulentos cuando la niñez está particularmente en riesgo, es mi arma para su protección.
Finalmente, el comentario más “pentonto”, mis hijos no son iguales ni a su padre ni a mi, ni entre ellos mismos, cada uno tiene su personalidad definida; pero lo que si han aprendido con el ejemplo es la bondad, la responsabilidad y la cultura del trabajo honrado.
Por supuesto no somos padres modelo, pero tenemos claro que nuestros hijos son nuestra prioridad.
Ya viste la escena donde su papá le dice a Dahmer: “¡oh no!, no me culparás de esto, yo no te hice esto, yo fui un buen padre”?; quienes ya lo hicieron, espero que hayan podido reflexionar sobre lo importante que es la atención durante la infancia de nuestros hijos.
Claro que quizás otros factores pudieron haber intervenido en sus actos, pero los padres son actores trascendentales en la formación de los individuos.
Te invito a que pienses lo siguiente: todas esas veces que has hecho o dejado de hacer algo, ese pequeño humano que tú creías no te miraba, ha sido testigo de cada uno de tus actos, y quizás, serás un ejemplo a seguir.


