La Casa Blanca sigue en boca de todos

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El 9 de noviembre de 2014 el programa radiofónico de Carmen Aristegui lanzó al aire, desde la ciudad de México, los datos de una mansión de lujo que sería el sello de la corrupción del mismísimo Presidente de México, Enrique Peña Nieto, y que tan mala fama le ha traído además de costarle muchos puntos en su imagen de político y en los niveles de confianza de un pueblo harto de tanta rapiña y conflictos de interés de quienes lo gobiernan.

Pero al mismo tiempo el destape de esta pestilente cloaca puso al descubierto cómo se ha enriquecido el tamaulipeco Luis Armando Hinojosa como constructor favorito de Peña Nieto desde que asumió el gobierno del Estado de México, otorgándole al hoy famoso Grupo Higa sumas millonarias en contratos que, no cabe duda, le llevaron a regresar en favores a su gran amigo con esta imponente Casa Blanca.

Las evidencias están ahí. Y por más autocrítica que el Presidente hace del caso, más apesta el tufo de la corrupción en que está envuelta también la mujer del ejecutivo federal, mejor conocida como “La Gaviota”, por provenir de la farándula televisiva, y cuyo nombre real es Angélica Rivera. Por eso está a punto de circular un libro que desentraña la forma en que los periodistas dieron en el centro de la diana de este valiosísimo reportaje en profundidad.

Pero si el trabajo periodístico ha hecho pagar un alto precio político a Peña Nieto, la venganza de éste no ha sido menos onerosa para la conductora del programa de radio, Carmen Aristegui, y para los reporteros que se metieron en las profundidades de tan singular investigación, pues además de perder su fuente de empleo enfrentan amenazas de todo tipo y a cada momento reciben el desprecio de los corifeos del poder político afines al Presidente Enrique.

Pero esos grandes promotores de la libertad de prensa y de expresión saben que cuentan con el respaldo de la mayoría de los mexicanos y que el costo que están pagando habrá de redituarles buenos dividendos en el campo de la ética, del periodismo y de la psicología social, porque ni siquiera la “investigación imparcial” ordenada por Peña Nieto a su amigo Virilio Andrade para exonerarlo de toda culpa, ha conseguido que la gente deje de hablar del pésimo recuerdo que le trae la Casa Blanca desde hace un año.

No es el enriquecimiento de Enrique solamente lo que causa el enojo del pueblo mexicano crítico y cuestionador, puesto que ya se sabe que los que llegan a la cúspide del poder político lo hacen con el feroz apetito del dinero y de los bienes más ostentosos. No. No va por ahí nada más el asunto. Lo que enfurece es la torpe maniobra de favorecer a un amigo constructor y dejar huella por todas partes de tan deleznable conflicto de interés.

Cómo es posible que Peña Nieto se haya aliado con Luis Armando Hinojosa apenas subió al gobierno del Estado de México y en seis años haya marcado su estrecho vínculo en obras oficiales, sin pensar que su carrera política le llevaría a la Presidencia de México y atrás quedaba la pista indeleble de pesos y centavos que era un aperitivo para los periodistas sin compromiso ni ataduras de ningún orden.

Y fueron los buenos periodistas los que siguieron el camino de la flagrante corrupción para dar con la hoy famosa Casa Blanca y otros predios que no han dejado de hacer fruncir el señor ni siquiera a los incondicionales de Peña Nieto, por dejar evidencias de sus años de colusión con Grupo Higa y contribuir, así, al deterioro de la figura presidencial.

Por eso en el pecado sigue llevando la penitencia. Y a la mitad de su sexenio se ve muy difícil que recupere un ápice de confianza de la que tanto necesita para pasar a la historia como él quiere. Ya lo tiene sepultado desde ahora la Casa Blanca que el 9 de noviembre de 2014 dio de qué hablar un día sí y otro también sobre el asqueroso conflicto de interés del que se valen los políticos para hacer de las suyas desde el olimpo del poder, aunque haya un veredicto oficial que lo desliga de este siniestro señalamiento popular.

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