Uno de los temas que más han investigado los historiadores es el de la revolución mexicana que en el mes de noviembre convoca a una conmemoración festiva en escuelas y sitios oficiales, pero muchas veces sin conocer a detalle infinidad de datos que contradice la versión propalada a conveniencia por las autoridades emanadas del PRI.
Peor todavía, ni los más encumbrados políticos de hoy tienen idea de un libro sustancial sobre el tema escrito en 1964 por el genial Jorge Ibargüengoitia con el título “Los Relámpagos de Agosto”. Vamos, con toda seguridad esos políticos ni siquiera han de saber escribir bien el apellido del mexiquense que, en vez de documentar hechos históricos, hace una lectura ficticia y paródica de aquella época de 1910.
Por eso hay que insistir en cada ocasión que se presenta lo que vale la aportación de tan fino humorista quien, además, nos dejó su última y mejor lograda obra de la dramaturgia, “El atentado”, sobre el asesinato en 1928 de Álvaro Obregón cuando buscaba la reelección presidencial. Ibargüengoitia vivió después 20 años de silencio teatral en los que alcanzó altos niveles en la narrativa, el ensayo y la crónica.
El gran escritor de “Los Relámpagos de Agosto” hizo a un lado el teatro que había practicado con pasión en calidad de crítico, maestro y autor para meter toda la carne en el asador de su novela histórica que supera cualquier otra de sus producciones, pues imprime en ella una voz fascinante que nos hace adictos a su enorme capacidad de burla. No nos cansamos de su humor, de su lucidez, de su sinceridad e infinita facilidad para el sarcasmo.
Definitivamente los trabajos de Jorge sobre la revolución mexicana y su época superan con mucho los de la etapa de la independencia a partir de 1810, y por eso investigadores de un prestigio supremo como Alan Knight ponderan “Los Relámpagos de Agosto” como lo máximo, pues según este catedrático de la Universidad de Oxford, más que los documentos expuestos lo que vale de esta obra es la satirización que el autor hace de este movimiento armado con una buena dosis de un sabroso buen humor, pues caricaturiza muy bien a los personajes ficticios alusivos a figuras históricas verdaderas.
Así es que no podemos dejar pasar estos días de festejos y representaciones de la revolución mexicana sin dejar de recomendar “Los Relámpagos de Agosto”, pues es necesario ir más allá de lo tradicional y de los discursos huecos que aunque se finquen en una contundente verdad, se vuelven un cliché que no deja mucho al intelecto.
Sí, hay que recordar a Francisco I. Madero, a José María Pino Suárez, a Álvaro Obregón, a Plutarco Elías Calles, a Pancho Villa, a Emiliano Zapata y a Venustiano Carranza, entre otros, pero sin la sacralización devota que los hace pasar como santos inmaculados, sino como auténticas figuras de carne y hueso.
Y no debemos quitarle mérito al hecho de ser una de las primeras revoluciones del siglo XX que marcó el camino de otras en el mundo, pero ya sabemos que sus frutos no fueron los esperados y aún se sigue suspirando en México por la proclama de aquellos luchadores pues la injusticia social que seguimos padeciendo es enorme y la tierra tan defendida en aquel entonces está más árida que nunca por las malas políticas agrarias emanadas de los sucesivos gobiernos.
Así es que mejor pongámonos a leer “Los Relámpagos de Agosto” y disfrutemos el sentido del humor de Jorge Ibargüengoitia en esta novela que es una crítica no de la revolución en sí, sino de la manera en que los próceres han tratado de justificar y legitimar sus papeles históricos.

