Las fronteras no deberían existir

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Cuando veo la fotografía de un joven nadando en las aguas del río Bravo para pasar de manera ilegal de México a Estados Unidos, le encuentro la cara de mi hermano, se parece o es la memoria selectiva que llamó a la empatía.

Es de valientes echar la moneda al aire para perseguir un sueño que podría lograrse o perder todo lo que se dejó atrás y llegar a la muerte.

No puedo ser ciega y olvidar la lucha de mi familia por salir adelante y, aunque México tiene mejores posibilidades que Centroamérica, aquí tampoco la vida es fácil, también se sufre para crecer.

Mi abuelo materno fue de esas personas que aparecen en las estadísticas, de las historias colectivas de personas que buscan en ese viaje una nueva oportunidad.

Eso sucedió hace más de 30 años y su historia no fue como lo es hoy, un jubilado de Pemex que goza de estabilidad económica y una vejez asegurada con atención médica, hogar y alimentos.

Él salió un día de un pueblo llamado Cañada Grande, que se ubica dentro del municipio de Río Verde, en el vecino estado de San Luis Potosí.

Dejó a su esposa y seis hijos en el pueblo, porque ahí la economía no daba sólo de cosechar maíz y criar gallinas.

Mi abuela se encargó de administrar esos recursos para la comida, la atención médica de sus hijos y ahorrar lo que pudiera, mientras llegaban las inciertas remesas de su esposo.

“El compallito”, como le llaman sus compañeros en la refinería “Héctor Lara Sosa” en Cadereyta, se fue joven con un costal de tortillas hechas tostadas en el hombro. Fue esa comida y no otra para que no caducara en el camino, que no pesara y fuera suficiente.

Nadó por el río Bravo y cruzó el desierto donde cuenta que pasó sed, sueño, frío, cansancio; pero los que lo conocen saben que su complexión física le ayudó tal vez para sobrevivir y volver en pocos años con su familia, que lo esperaba para emprender un viaje a un territorio dentro de México, con mayores posibilidades de crecimiento.

Esa fuerza de voluntad que lo ha caracterizado lo llevó a siempre tener retos como los que ni las mismas letras ni los números pudieron. Lo recuerdo durante mi adolescencia, en la mesa de su casa haciendo planas y preguntándome si lo que apuntaba en sus libretas francesas estaba correcto, le contestaba con mucha paciencia porque era muy sensible y se avergonzaba un poco de su situación analfabeta, pero a mí me parecía admirable y me daba gracia.

Luis Salazar García, mi abuelo, quien nunca perdió la humildad que siempre lo ha caracterizado, sobrevivió a esa travesía de donde mucha gente no vuelve para contarla, a quienes muchas veces ni en la morgue se localizan y que las familias prefieren pensar que se hicieron ricos en Estados Unidos y se desentienden de los suyos, olvidándolos.

La mente sufre antes de que pasen las cosas, los inmigrantes padecen todas las calamidades antes de que les sucedan, pero cuando entran a Estados Unidos, ya no es un pensamiento es un juego de vida o muerte, ya que parece una cacería la persecución voraz, ya sea por parte de los agentes policiacos norteamericanos o de civiles gringos, quienes les disparan muchas veces por diversión.

Se hacen las víctimas siendo que muchas veces hasta secuestran a los “indocumentados” para explotarlos de manera clandestina ya sea en sus hogares para las labores domésticas o para atender sus ranchos.

Nuestra gente americana, que somos todos, como lo dicen Los Tigres del Norte, se juega la vida desde que comienza su travesía.

Lo sorprendente de todo es que son juzgados sin la menor gota de empatía por parte de sus vecinos norteamericanos, quienes bajo sus posiciones legistas se justifican para querer echarlos de un país por sus ideas cerradas y cegados o en plena ignorancia de que su patria está creada por inmigrantes de todo el mundo.

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