Bien metido en Internet encontré una fotografía de la pareja veracruzana de Javier Duarte y Karime Macías en los mejores años de sus vidas, con un descomunal poder que parecía nunca terminar siendo él gobernador y ella primera dama de uno de los Estados más pobres de México.
Miles de veracruzanos migran cada año para establecerse en la frontera norte del país donde encuentran mejores condiciones de vida y de trabajo, dejando atrás gobiernos corruptos como los recientes de Fidel Herrera y Javier Duarte. Y con el seudo panista Miguel Angel Yunes no cambiará nada, ya lo verán.
En seis años, o menos, cuando Yunes vaya de picada, los escándalos de corrupción brotaran como aguas negras de las alcantarillas, porque el actual mandatario ha probado las mieles del poder como hijastro político de la reo Elba Esther Gordillo, su mentora con quien posaba muy sonriente años atrás.
Pero volviendo a la foto, Javier y Karime posan para la lente, sobresaliendo cinco perros, uno de ellos en brazos del hijo mayor de la pareja veracruzana.
Ella, recién huída a Londres tras el arresto de su marido en Guatemala, luce un vestido color rosa y sostiene una sonrisa sosteniendo al menor de los herederos de una descomunal fortuna robada de las arcas estatales.
Frente a unos ventanales de lo que parece la casa de gobierno y unas plantas, él aprieta los labios y aire para disimular los 130 kilos de masa corporal; está vestido con pantalón oscuro, saco gris, camisa blanca y sin corbata.
El hoy ex gobernador, símbolo de la corrupción de un PRI que se aferrará con alfileres en la presidencia de la República rumbo a las elecciones de 2018, toma de la mano derecha a su pequeña hija con blusa color aqua.
La escena me hizo recordar a la Reina Isabel y a su esposo Felipe de Edimburgo cuando para una ocasión especial posaban con sus nietos, los hijos del príncipe Carlos y la difunta princesa Diana, en el Palacio de Buckingham.
Sobre todo por los perros que roban el primer plano; el mayor de los hijos viste un short como si fuera el príncipe Guillermo a su edad, y mira fijamente a su madre.
Esa fotografía pudiera ser de 2010, cuando Duarte comenzó un sexenio donde amasó una fortuna incalculable con todo tipo de transas bien aprendidas cuando llegó a ser tesorero de su padrastro político Herrera.
Eso sucedía mientras los veracruzanos de carne y hueso son obligados a irse a vivir a la frontera de Tamaulipas donde, si no son secuestrados en el camino y reclutados a la fuerza por un grupo del crimen organizado, llegan a conseguir trabajo en una maquiladora, a ganar el salario mínimo, a tener una casa de Infonavit, y a comprar un carro placas de Texas con 4 mil pesos.
Algo que ni en sueños pudieran tener como patrimonio en Veracruz, menos, ante la voracidad que tuvo la pareja de Javier y Karime… en su Buckingham de Xalapa.



