Y ahí estaba yo: disfrutando de varios números artísticos en un evento cultural, donde muchos niños, entre ellos los míos, mostraban su aprendizaje a lo largo de los días; bailaban, cantaban, y yo como mamá pavo real, súper orgullosa y feliz, hasta que… un chamaquito que corría “hecho la cochina” casi me besaba la rodilla porque venía a “rebotar” en el muro en el que yo me encontraba recargada.
Estaba decidida a capturar todas las fotografías posibles de mis hijos pero no quería molestar a los demás, así que por eso me levanté de mi asiento y me fui hasta atrás, pero obviamente a mucha gente eso de “no molestar”, le “viene guango”.
La cosa es que a veces pueden ser los adultos y otras veces sus bendiciones.
Yo fui una niña muy bien portada y nunca, ¡jamás! anduve haciéndole cuadros a mi madre en la calle, porque con una mirada fulminante tenía para saber qué debía mantenerme tranquila.
Ahora como mamá soy de la idea de qué hay lugares a los que podemos llevar o no a nuestros hijos, sobre todo, por respeto y consideración a los demás; y de que si voy a andar batallando con los chamacos pues mejor no voy.
Así que ya bailaba mi primogénita, movía un títere uno de los cuates y… otro chamaco se dejaba caer casi en mis pies, y su mamá ¡como si naaada pasara!
Bueno, a veces soltaba en tono despreocupado y en exceso meloso (casi chocante) “no, mijito, no corras”; pero al niño era como si le dijeran “corre como el viento ‘Tiro al blanco’”.
Hoy tuve la necesidad de hacer un trámite en equis lugar y me llevé a dos de mis bendiciones y estuvimos ahí cerca de una hora; la espera transcurrió entre dos sillas: en una de ellas, sobre mis piernas , estaba un chamaco, el otro, a lo lejos en la otra silla.
Le veía las uñas a uno, a la niña la puse a practicar la lectura con los carteles y letreros del lugar, después a su hermano le dije que me cantara una canción súper bajita sin que nadie escuchara, después que contara en su mente del uno al mil (jajajaj) y después platicamos sobre el regreso a clases.
Puedo decir súper orgullosa que ninguno de los dos corrió en el lugar, se tiró al piso, hizo rabietas, lloró o siquiera se levantó de la silla.
“Hay que reconocer que el que aguantaran más de una hora ahí los guercos tiene su mérito”, le dije a su papá, y me dio la razón; “porque otros hubieran andado en friega”, continué diciendo.
Así que, bueno, quizás a las mamis puedan parecerles graciosos y simpáticos sus pequeñuelos corriendo y saltando por aquí y por allá, porque a final de cuentas “son niños”, dijeran algunos, si, de acuerdo, pero a los niños también hay que educarlos y enseñarles empatía y respeto.


