Apenas anteayer te decía que no habíamos continuado con la enseñanza de “dar la pata”, que debíamos retomarla.
Buscaba en internet una casa más grande, pues a pesar de gustarte mucho la que tenías, poco a poco te quedaba menos espacio.
Ya no eras aquel pequeñito que alimenté con biberón porque eras un bebé, te convertiste en un cachorro zancón de patas grandes que prometía ser alto y fuerte.
Poco a poco aprendías cosas nuevas, sabías que debías alejarte del portón cuando salía, pero desde lejos te quedabas sentado al pendiente hasta que regresara, así fuera solo a la farmacia que se encuentra cruzando la calle.
Tus hermanos felinos te querían, a su modo, pero te querían, tanto así que desde que te fuiste, “Panzón” no se quita de la ventana y en cualquier oportunidad se asoma por la puerta.
Tú ya no estás, pero sí tu casa, tu cobija, el plato de comida, tu peluche y la pechera que apenas te puse anteayer y no se por cuántos días seguirán aquí.
Cada que te decía “vamos a dormir”, te levantabas y te parabas junto a mi al pie de la escalera, te llevaba en mis brazos hasta tu cobija y te apagaba la luz, pero la última vez que lo hice ya no me hiciste caso.
No se si tu corazón sacó fuerzas para esperarme y verme por última vez y partir, o simplemente se detuvo porque no pudo más, pero tus ojos hablaron, aunque tu cuerpo estaba cansado y tu colita inmóvil.
Te agradezco la experiencia de haber criado a un bebé canino y ser tu mamá, por ti volví a usar biberones y a desvelarme para alimentar a un bebé por la madrugada.
Un abrazo hasta el cielo.



