Me entrego a la autoridad

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Hoy me entrego a la autoridad. Salgo de la madriguera y me entrego sin oponer resistencia y dejando de tratar de defender lo indefendible, de explicar lo inexplicable, de evitar lo inevitable o de justificar lo injustificable.

Me entrego a la autoridad del poder superior del tiempo, de la naturaleza, del Universo, de lo evidente, de lo obvio, de lo que Es; y dejo ya de esconderme en la guarida de las ilusiones pueriles, en los callejones la soberbia de autosuficiencia, en los rincones de la negación, bajo el disfraz de la apariencia o tras las coartadas de mis caprichos.

Hoy salgo de mi escondite con las manos en alto y guardando silencio, a sabiendas de que todo lo que diga podrá ser y será usado en mi contra, por el implacable fiscal de la conciencia, que me imputa varios cargos, como el de rezar al revés diciendo yo “hágase mi voluntad”, como el de querer detener el tiempo, por robar la paz de otros, por sabotear felicidades, por secuestrar voluntades ajenas, por maltratar corazones, por defraudar sentimientos, por matar buenas intenciones, por guadar silencio cómplice ante la maldad de otros y sobre todo, por traición.

Esa traición que se comete cada vez que por buscar la aprobación ajena, amordazamos y acallamos la voz de nuestro auténtico ser, que muere de asfixia en algún oscuro lugar del alma. Y me declaré culpable. Mi estúpido ego, como “abogado de oficio”, de nada me sirvió.

Hoy me entrego sin remilgos a la autoridad de lo que sea que haya creado la vida, de ese Poder Supremo al que alguna vez intenté vencer, del que intenté huir o del que pensé que podría esconderme por siempre….Curioso es que, tan pronto me entregué sin objetar mis culpas, solo dije: “Perdón. Hágase Su Voluntad”; y entonces, lejos de ponerme grilletes o lanzarme a un infame calabozo, el Poder Supremo me puso alas, me dio luz, me dio una libertad que yo no conocía, me dio paz y me dijo: “vete y no vuelvas a pecar.”
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