Mentores y mis errores

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A los seis años, mi maestra primaria me pasaba a dibujar al pizarrón las ilustraciones del libro para posteriormente explicar la clase. Y un día me seleccionó para concursar en el Niño y la Mar con acuarelas.

En sexto de primaria, al leerle una historia, mi maestra me dijo que sería escritora, al narrar un cuento del viaje por el tiempo. Lástima que le fallé en mi segundo intento de historia, me sentí presionada.

También hice esculturas y me pidió cotización para hacerle una tarea a su hijo que estaba en la secundaria, pero me vendí muy cara y no le pareció el precio. Esta posibilidad la tuve después de realizar maquetas de ecosistemas con la ayuda de mi tía Nancy.

Una de las clases que me gustaba desde siempre fue Ciencias Naturales, por la posibilidad de reproducir las imágenes de lugares asombrosos. Se dio la oportunidad de hacer la tundra con una espuma de afeitar que estaba sin usar, los matorrales con conejos y ramas de los baldío de ahí cerca, las selvas con enredaderas, que son de los detalles que recuerdo de esas reproducciones.

Mi tía Nancy Salazar fue la primera persona en la familia en ser mi mentora e impulsarme a desarrollar mi creatividad. Me pagó por decorar la pared del baño de casa de mi abuelita y la segunda, para hacerle un Cerro de la Silla encima de la cabecera de su cama.

En la secundaria, tuvimos un viaje a Real de Catorce y la maestra Irma Gaytan decidió hacer una exposición de fotografía. Me felicitó por mi trabajo y me aseguró que era buena para esa profesión, pero la verdad que después de intentarlo en la facultad, me di cuenta que el manejo de la cámara se me da igual de mal que las matemáticas, entonces solo era buena para la composición.

La maestra Esther le entregó mi certificado de secundaria a mi padrastro, Mario Rosales, diciéndole que su hija era una persona emprendedora, pero en ese momento no entendía yo bien el término.

Tengo mucho que agradecer a las personas que estando yo muy joven se tomaron el tiempo de observar y así indicarme hacía donde debía caminar, para cometer mis propios errores y pulirme.

Después de esos primeros años entendí, que para poder continuar, los aciertos no se encontrarían en los primero pasos, sino en los últimos y después vuelves a empezar.

Estaba claro desde muy niña cuales eran mis habilidades y mis debilidades, pero no tenía muy claro para que servía cada uno de ellos. Entonces seguí probando y también encontré más mentores que me guiaron.

Ninguno o casi ninguno fue mi modelo a seguir, sino con su experiencia y su visión con la que podían entender esa parte que les tocaba explicarme.

Lo importante es que un niño o adolescente no llegue a una oficina de Orientación Vocacional sin idea de lo que quiere ser o hacer en la vida, sino que experimente hasta agotar las posibilidades desde muy temprana edad.

Los mentores que en la niñez son los maestros con vocación de servicio, en quienes los padres se apoyaban, pero ahora por la pandemia son los segundos quienes tiene el doble de responsabilidad de asumir por completo el rol.

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