Me ha costado mucho aceptarlo brody, pero mi Mamá se me va. Cada vez la veo más débil, no quiere caminar y empieza a comer muy poquito.
Tiene varios años que empieza a quejarse de todo. Apenas le pregunto ¿cómo está Mamá? Y me responde “mal”.
Hace no muchos años, antes de llegar a Reynosa, me gustaba llevarla a HEB o Soriana en Monterrey. Recorríamos uno a uno, cada uno de los pasillos, no batallaba para caminar ni subir un taxi.
Pero estos últimos días ahora no quiere salir, es un problema decirle que haga algo de ejercicio, vital para su circulación, tiene un andador que lo usa poco, ella sola se cambia y se puede bañar, siempre tenemos el miedo que se vaya a resbalar. Por eso ya le pusimos un tapete plástico antiderrapante.
Y es que a los 93 años ya es mucho logro lo que ella hizo: educar a sus hijos, atender a su marido don Chuy (que se fue hace más de 30 años), a sus seis hijos, tener a su cargo la casa de Escobedo 309 norte y luego una de la colonia Cumbres.
Ahora es época de cuidarla, no ve ni oye bien, hasta inventa que se le aparece un señor con sombrero en la esquina del cuarto o que se le perdió un dinero porque se lo robaron. Para ella es complicado reconocer un billete de 500 pesos y sobre todo que tenga cambio para ordenar algo que le falte. Ella no se detiene y manda a un taxista que le compre leche, algo de fruta de Soriana o un Tylenol de la Benavides.
Hasta la Rosa María ya le tocó ir a acompañarla esta semana, pudo cocinarle una sopa y picadillo, pero como ya no tiene dientes, todo le parece duro. Ya le mandamos comprar varios Ensure, esa bebida que contiene nutrientes, pero la de vainilla le pareció demasiado azucarada. Prefiere la de chocolate, pero toma muy poco.
“Yo ayudé a todos, a cada uno de mis hijos, hermanos y hermanas”, me contó doña Esther en una ocasión, y sí, se le recuerda como una mujer muy bondadosa que siempre estuvo al tanto de que no faltara la comida en la mesa.
A pesar de una de las más chicas de la familia Villarreal Garza, tuvo un carácter enérgico, se imponía, que le gustaba que todo estuviera limpio y ordenado, no solo en su casa, sino en la de algunos de sus seres queridos.
“¡Limpieza, limpieza general!”, decía y con abundante agua y jabón recorría las escaleras de Guerrero 222 Altos, donde vivimos un tiempo y con un equipo de muchachas se encargaba que todo estuviera reluciente.
Las Nochebuenas en la casa era un gran evento familiar con varios pavos rellenos, espagueti rojo, ensalada verde, verduras y de postre ensalada de manzana y varios pasteles.
Con papá en ocasiones jugamos baraja y yo estaba muy chico cuando saca el “ladrillo” de billetes de peso que repartía a todos, para que jugáramos en casa en la mesa del comedor.
Recuerdo que en un tiempo acostumbraba enviar regalos a una larga lista de familiares y amigos, porque era una época de celebrar y de gratitud.
Esto de dar todo, no se le quitó a lo largo de los años y pudo atender las necesidades de sus hijas e hijos, y que llegó hasta sus nietos. Siempre tenía algo que darles, porque ya era su costumbre obsequiar regalos y algo de dinero a quien lo necesitaba.
En mi época de estudiante, estaba al pendiente que tuviera como irme, en una época que no había Ubers, pero sí el taxista de la vuelta de la casa que estaba al pendiente de las vueltas de sus hijos. Ya luego tuvimos auto y cada quien se movía como podía.
Mi madre disfrutó mucho a sus hijos, tanto que insistía en llevarlos, como también a sus nietos a paseos a McAllen y Laredo, con repetidas ocasiones en hoteles.
Me tocó llevar a mi hijo Sebastián cuando era bebé y los alcanzamos en un Embassy suites de McAllen, en una época de invierno, allá en diciembre de 1990. Recuerdo al cruzar el puente un agente gringo se extrañó que llevara a mi hijo: “¿Es de usted?”, me preguntó.
Una mujer que iba atrás de mí, al cruzar me comentó “qué bárbaro, que no ve que es igualito a usted”.
Ahora estamos al tanto de cuidar a doña Esther, ella insiste en que no se quiere ir a un asilo, por eso en casa ya nos estamos organizando para que no se encuentre sola. Aunque a veces es complicado.
La semana pasada estuve con ella, yo revisando mis asuntos en mi laptop, cuando de repente escuché el sonido de una campanita: “talán, talán, talán”.
“¿Estás ahí hijo?, no me dejes sola”. Esa es mi Mamá.


