No existe vacuna contra el miedo y la desconfianza. Y sin embargo, en medio de la pandemia más desastrosa del siglo que ha afectado todas las áreas de la vida y la actividad humana en el mundo y sin excepción, lo único que se espera para detener los estragos del COVID 19, es una vacuna.
Las prisas causadas por el costo de la enfermedad y las muertes, el impacto financiero, los intereses económicos, políticos y la feroz y muchas veces poco ética competencia y loca carrera entre las compañías farmacéuticas, llenan de suspicacias y sospechas los procesos previos al lanzamiento de una vacuna efectiva y segura contra el COVID 19. No son pocos los que, influenciados por campañas de conspiración, temores anecdóticos o simple desconfianza, aseguran que aun y cuando tan esperada vacuna esté disponible, no se la aplicarán.
Existe el desafortunado antecedente del (ex) médico británico Andrew Jeremy Wakefield, que actualmente tiene 63 años y de quien se dice que radica en la ciudad de Austin, Texas. En 1998, Wakefield publicó un artículo con los supuestos resultados de un estudio fraudulento, bien construido pero mal sustestado, en el que asociaba a la vacuna contra paperas, rubeola y sarampión, con el autismo. (La vacuna es conocida como “Vacuna Triple” o MMR por sus siglas en inglés Mumbs, Measles Rubeolla). El artículo publicado causó tal reacción de miedo y desconfianza entre la población, que muchos padres de familia, “infectados” ya por el temor, optaron por no vacunar a sus hijos pequeños provocando importantes brotes de estas enfermedades –antes ya controladas- en todo el mundo.
Pronto se descubrió que el susodicho estudio de Wakefield carecía de sustento científico pero abundaba en intereses económicos y fraudulentos. Sin embargo, la semilla del miedo estaba plantada y el daño causado por no aplicar la vacuna MMR contra las paperas, el sarampión y la rubeola alcanzó proporciones monumentales. A Andrew Jeremy Wakefield se le retiró la licencia médica y no podrá practicar su profesión nunca más. No causó una pandemia pero sí un gran pandemonio; es decir: mucho ruido y confusión, asi como muchos niños enfermos y eso le costó a Wakefield la profesión.
El COVID 19 nos ha confrontado con toda nuestra terrible ignorancia y cuando esta pandemia comenzó, tuvimos que aceptar que como diría Sócrates. “Sólo sabíamos que no sabíamos nada” y solo podíamos atenernos a implementar medidas de contingencia y prevención en salubridad con tremendos efectos secundarios en ámbitos laborales, sociales, educativos, económicos, psicológicos, políticos y demás. Hemos vivido a base de prueba y error, de estrategias efectivas y fallidas, de avances y retrocesos en una montaña rusa de brotes, mesetas, curvas, picos y rebrotes. Pero se asegura que pronto estará lista la vacuna probada y segura contra el COVID 19. Producida por miles de millones, distribuida, accesible y aplicable toda la población mundial.
Luego de haber visto los estragos causados por la pandemia, los gobiernos habrán de decidir si la aplicación de la vacuna será dejada a criterio y voluntad de las personas o si se hará obligatoria (para poder volver al empleo, a la escuela, a viajar, etc.). Haciendo a un lado suspicacias, sospechas y controversias, no nos queda más remedio que confiar en que la vacuna que viene cumpla con todos los requisitos, haya pasado todas las pruebas de seguridad y efectividad y que no presente efectos colaterales negativos, porque para el miedo no hay vacuna ni la habrá jamás.


