¡No son enchiladas!

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Mis hijos y yo asistimos a una actividad escolar sobre educación física y juegos tradicionales.

Algunos nos miraban raro y otros se sonreían cuando me veían con mis tres güerquitos, como si fuéramos la gallina con sus pollitos.

Durante ese tiempo pude ver diferentes escenas que más que llevarnos a juzgar a los niños, nos hacen pensar en los padres.

Se realizó un circuito de juegos tradicionales en el que había balero, salto de cuerda, lotería, matatena, así como serpientes y escaleras.

Este último lo jugamos junto a dos mamás de niños muy, muy, pero muy inquietos, lo cual no me molestó porque con tres güercos tu caparazón se hace, o tiene que hacerse a fuerzas, cada vez más duro.

Cuando llegaba su turno de lanzar el dado, peleaban entre sí, lo aventaban sobre otros equipos, lo aventaban a su mamá o hacían berrinche porque querían repetirlo… nosotros solamente mirábamos.

Mis niños sentados sobre el piso con las piernas cruzadas hacían su jugada cada que les correspondía y para darles mayor oportunidad a los otros, en vez de que lanzaran los tres lo hacían uno por ronda.

Después de algunos jalones, “miradas matonas” y llamadas de atención que no dieron resultado, una de las mamás le dijo a su retoño: “¡ya por favor compórtate!, ¿qué no ves que ellos tres, están bien quietecitos y sentados?”.

Claro que al niño no le importó y la otra mamá solo volteó a vernos, mis hijos creo que ni se enteraron, ¿y yo? ¿qué les puedo decir?

Me sentí muy orgullosa de mis hijos, pero más de mi, “¡qué ególatra y creída!” han de decir y quizás si, pero también debemos alegrarnos cuando dicen algo bueno de nosotros y aceptar los halagos que recibimos, y aunque el buen comportamiento es de mis hijos, también el reconocimiento es para mí.

Porque educar a un hijo no es tarea fácil, hay muchos regaños, correctivos, castigos, sentimientos de culpa, arrepentimiento y “harta” migraña en el proceso.

¿Han escuchado la frase “se esponjó como pavo real”?, pues hagan de cuenta.

Después vi niños gateando por todo el salón de clases, uno empuñando en alto un tenedor en cada mano como si fueran cuchillos, rozando las mejillas de sus compañeros y niños peleando con sus papás.

También a otros intentando desesperadamente la atención de sus padres que parecían hipnotizados con las pantallas telefónicas.

Pero no crean que mis hijos son “niños modelo” o santos, no; tengo uno que después de cada regaño dice “¡no!” y manotea; una güerquita que avienta frases muy ocurrentes, casi siempre muy fuera de lugar y que cuando sus hermanos la molestan, les pega; además está la mayor, que a veces sufre de “chiflazoncitis aguda”, casi siempre contagiada por su padre.

Ellos no tienen una madre de revista, tienen una que grita, se enoja, a veces nalguea, que les da de comer lo mismo a los tres porque “aquí no es restaurante”, que cuando barre tira algunos juguetes y no los deja llevar ninguno a la cama.

Pero todo tiene su recompensa y se que cuando sean hombres y mujeres de bien, y quizás, cuando tengan sus propios hijos, entenderán y a lo mejor, agradecerán el que mamá haya sido un ogro con ellos y aplicado tanta veces la de “porque soy tu madre y punto”.

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