Nos volveremos a ver

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Podemos pensar que la vida es injusta, que ella misma -o tal vez Dios-, nos dan un propósito y cuando se cumple llega la hora de partir.

El diagnóstico no era favorable, ya se había ido, a veces lo aceptábamos y a ratos nos aferrábamos a una idea de una recuperación que sabíamos que no llegaría.

Parecía que luchaba por su vida pero su mente, su alma y esencia ya no estaban ahí, sólo su cuerpo que acentuaba nuestro dolor y hacia aferrarnos a los recuerdos.

Fueron días difíciles y en uno de ellos, la chiquilla más grande, aquella que lo hizo cargar a un bebé después de mucho tiempo, dijo: “mami, llévame a ver a tío”.

Nos quedamos helados, nadie le había dicho nada ni comentado acerca de la situación.

Evadimos su petición y horas después vino de nuevo: “mami, por favor, llévame a ver a tío, por favor”.

Su actitud me estremeció y pensando en que quizás, hay cosas que no podemos explicar y lazos o conexiones que existen aunque no se pueden ver, decidimos cumplir su deseo.

No le dijimos nada y la llevamos, pero ya no a un hospital, sino a un hospicio, un lugar donde recibiría los cuidados y atenciones necesarios hasta que llegara el fin.

En este lugar le dieron calidez y confort, tanto a él como a la familia, luego de que médicamente no hubiera nada más que hacer.

Ante la crudeza de lo que verían sus ojos, decidimos que lo mejor sería que guardara en su mente los mejores momentos.

Cuando vio a su tía preguntó: “¿dónde está mi tío”, yo tragué saliva pero está mujer con una fortaleza impresionante le dijo que ya dormía, la abrazó y la niña correspondió con tal ternura que se apretujó mi corazón.

En el sitio había un lago y unos cuantos patos, nos sentamos en una banca y vimos el agua de un tono entre azul y verdoso.

“Mi amor, te voy a platicar algo, tío ya no está aquí con nosotros, el se durmió y no va a despertar, pero está en el cielo y ahora es un angelito que nos va a cuidar; si tú cierras los ojos y piensas en él podrás verlo”.

Nunca había hablado con ella de la muerte, siempre pensé que los cinco años no eran edad para ello, no se si lo haba entendido del todo, pero no hubiera podido hacerlo de otra forma.

“Mamá, no lo veo”, me dijo mientras miraba al cielo y sus ojos se entrecerraban por el sol, yo por más que apreté los míos no pude aguantar las lágrimas.

“No lo puedes ver porque están las nubes, pero él si te puede ver a ti”.

En el lugar había un viejito muy simpático y lo acompañaba una perrita french poodle que se llama “Gaby”, que “trabaja” como voluntaria para brindar un poco de confort y alivio a los familiares de los pacientes.

No es buena la comparación, pero creo que mi hija compartió un poco la labor de “Gaby” con sus abrazos y sus sonrisas.

Ella fue mi ancla para aferrarme en este difícil momento, su inocencia me dio la fuerza que no tuve días atrás.

Su fe en encontrarlo más adelante me dio la lección de que los niños quizás, son los seres de quienes más debemos aprender.

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