Las delicias del poder se van gozando a partir del instante en el que se obtienen. El poder embriaga y, como cualquier realidad que causa placer, entre más la tenemos más nos embriaga, más la deseamos y más nos abarca. “Si quieres conocer a una persona tal y como es, dale poder” señala la frase adjudicada a Abraham Lincoln. Pues el poder, así como el dinero, el sexo, el alcohol y la fama, mal controlados… nos autodestruyen.
Muchos comentan que AMLO, Presidente de México, ya está enfermo de poder. Yo las señales que veo son contrarias… que no contradictorias. Por un lado, efectivamente, nos topamos con un Andrés Manuel López Obrador que “suena” autoritario y, por otro lado, hemos escuchado a un López Obrador conciliador, abierto, que empodera y concensa. Es decir, que el poder no le ha hecho “ni cosquillas”.
Analicemos. Que un Presidente que pueda viajar en su propio avión y que se prive de las ventajas y comodidades de su posición y no lo haga habla muy bien de él. Que dicho presidente no se haya mudado a la residencia oficial y que, más bien, la haya convertido en espacio público para la convivencia y el sano esparcimiento de sus conciudadanos, denota mucha empatía hacia los suyos. Es más, que el mentado Presidente haya optado por madrugar, trabajar los fines de semana, presentarse tal y como es -con sus gustos y disgustos -, nos hacen resaltar a un hombre que lejos de estar embriagado de poder y de su posición está, más bien, metido en su rol de Caudillo reivindicador de causas, austero y frugal que envalentonado por el poder que le da el voto de la mayoría y la capacidad de gestión legislativa que tener, también, la mayoría parlamentaria le permite.
Continuemos el análisis. Que un Presidente porque puede denote a sus contrincantes, que los clasifique y haga público su encono y animadversión. Que dicho presidente, igualmente, clasifique a aquellos ciudadanos (poco más del 50% no del electorado, sino de la ciudadanía toda) como Fifís por el mero hecho de no pensar como él. Que, además, de un plumazo decida (unilateralmente, pero eso si bajo el auspicio y amparo de las llamadas consultas populares o la “mano alzada”) invertir o no en tal o cual proyecto de infraestructura sin tener “todos los pelos de la burra en la mano”. Y, finalmente, qué tal presidente “decida” (entre otras muchas cosas) que no hay tales o cuáles números, que los analistas se equivocan, lo mismo que las calificadoras o el gremio de empresarios o de policías federales o de médicos residentes del IMSS o de las cuidadoras de bebés en las estancias infantiles, o los hoteleros en Quintana Roo, etc…. bueno, que este presidente vea con buenos ojos que un congreso local violente la voluntad popular y otorgue (porque puede) la apmpliacion del mandato de gobierno del candidato entrante… no nos queda de otra más que concluir que dicho presidente sí está enfermo de poder.
Complejas las conclusiones a las que esta Jirafa está llegando… el principio básico de no contradicción que la filosofía occidental tanto ha defendido y que Shakespeare nos evoca de continuo: “to be or not to be” (ser o no ser)…. pero resulta que en política se es o no. Aunque se pueda no ser siendo cuando la forma supera al fondo o viceversa.
Lo que sí podemos decir es que aquí el que verdaderamente puede, si quiere es AMLO. Pues tiene el poder y cuenta con el apoyo de los otros dos poderes más el poder del pueblo que le da legitimidad… “power to the people” dice Lennon… y pues le dieron poder al pueblo y ahora vivimos estas consecuencias o resultados -como sea que le digamos-.
Insisto el poder poder está en una sola persona…. y esta Jirafa sigue esperanzada.


