En tanto redacto esto, en Estados Unidos todavía no se define un resultado previo en las elecciones presidenciales. Como en cualquier democracia y en cualquier partido de beisbol, esto no se acaba hasta que se acaba. A pesar de que es un país vecino y que pretendemos también ser unos estados unidos, no nos son familiares las peculiaridades de su elección presidencial. Para empezar porque no es un voto popular directo. Así el pueblo estadunidense se vuelque a votar por un candidato, no tiene la última palabra. Votan por un grupo de ciudadanos, una especie de electores indirectos, que son quienes manifestarán en diciembre su interpretación de voluntad popular en un concilio llamado Colegio Electoral. Sus votos serán contados en el Congreso y hasta enero se dictaminará quién es el presidente electo. Millones de votos son condensados (como la leche condensada) en un espeso corpus de poco más de 500 electores cuyo voto puede o no corresponder al de la mayoría de los ciudadanos en sus estados. Y ni nos metamos en las legislaciones electorales de cada estado, porque se nos evaporará el cerebro.
Para quienes aman apasionadamente a la democracia gringa, pueden notar que democrático, lo que se dice democrático, que digas tú “¡Qué bruto, que democrático es!”, pues no, no lo es. Y a quienes además desprecian al sistema electoral mexicano, pues podrá ser corrupto e imperfecto, y los electores podremos ser abúlicos, estúpidos, cínicos o ingenuos, pero democráticos sí que somos. Con mucha frecuencia nuestra felicidad al mostrar el dedo manchado tras emitir nuestro voto termina siendo un largo lamento, por fortuna con fecha de caducidad de 3 a 6 años. Pero fue nuestra decisión.
¿Nos interesa el resultado de las elecciones gringas? Sí, nos interesa. A todo el mundo le interesa, sobre todo por presidente actual, una peligrosa y espeluznante cruza entre el viejo “Brozo”, el arquetipo de un dictador bananero y un adolescente bipolar sin litio. Pero, ¿nos incumbe? No. No nos incumbe. Nuestra expectación no inclinará la balanza, pero seguimos sentados al borde de la butaca viendo el espectáculo.
Mientras esto se define, para calmar los nervios podemos jugar a los supuestos. Hace un par de años, si el voto de los mexicanos, en México, fuera el que decidiera la reelección de Donald Trump, no la hubiera conseguido. Las zalamerías del pasado régimen al entonces candidato y luego ya como presidente, hubiesen sido suficiente razón. Sus insultos y amenazas a los mexicanos reforzarían el rechazo. Los mexicanos, acostumbrados a votar por el menos peor, hubieran votado por Joseph R. Biden Jr.
Eso hasta hace dos años. Hoy no estaría tan seguro que todo México votara contra Trump. Con el pretexto de oponerse al actual régimen, muchos fascistas mexicanos se han descarado. Los argumentos contra el presidente mexicano, algunos muy razonables, se sazonan con consignas discriminantes, racismo, acoso sicológico, separatismo, división de clases, reivindicación de una especie de cesaropapismo democrático…
¿Les suena familiar este perfil? La verdad nunca supuse que durante años viviera entre tanto radical vesánico, la peor cara del fascismo (las otras eran malignas o diabólicas), y que ese fascismo estuviera enquistado en los partidos políticos, las instituciones, las empresas, las clases sociales…
Pero este es nuestro problema, no las elecciones en Estados Unidos. Gane Trump o gane Biden, la posición de ese país respecto a México no dependerá de las necesidades de México sino de las de Estados Unidos, o las que suponga su presidente. Siempre ha sido así. Entre mandatarios no hay juramentos de amor eterno, sino a plazos que, además, tampoco se respetan demasiado. Al menos a mí me preocupa más la estabilidad de México hacia adentro. Si no elevamos nuestra crítica al sistema a niveles decentes, sí estaremos expuestos a que Trump o Biden sean factores de inestabilidad para México. Si durante muchos años se presumió que Estados Unidos era el principal productor y exportador de la democracia, hoy tenemos ante nosotros la prueba de que nunca fue un producto de buena calidad. ¡Cuántos han muerto por consumir ese producto en tan mal estado! ¿A eso queremos llegar?
¿Qué a quién le voy de Trump y Biden? Pues como buen elector mexicano, le voy al menos peor. Aunque, como en México, no sabremos cuál es el menos peor hasta que ya es demasiado tarde.


