Cuando tomé el avión el 30 de noviembre de 2018 para estar presente, como periodista acreditado, en la histórica toma de protesta de Andrés Manuel López Obrador, en verdad creí que había valido la pena esperar 12 años desde que fue despojado del triunfo en 2006.
Ese primero de diciembre en la sala de prensa ubicada en la Jefatura de Gobierno de la CDMX, a un lado del Zócalo, daba cuenta en mis notas de su juramento en el Congreso de la Unión y el recibimiento que tendría frente a Palacio Nacional ante miles de sus simpatizantes.
Uno de ellos era yo desde que combatió a Vicente Fox Quesada su posible desafuero como jefe de gobierno en 2005, que lo dejaría fuera de las elecciones del siguiente año que perdió por la guerra sucia en su contra de sus enemigos políticos y de la iniciativa privada.
Seis años después, en su segundo intento por la presidencia, poco tenía qué hacer. En 2012 no era su mejor momento, pues venía arrastrando sus errores -como el inútil plantón de Paseo de la Reforma-, pero sobre todo por el arropamiento de los poderosos empresarios de México al carisma de Enrique Peña Nieto.
En las últimas semanas, a pocos días de cumplirse diez meses del fracaso plan de su gobierno de #quédateencasa y #susanadistancia para enfrentar el Covid-19, sus decisiones y ocurrencias me confirman que en México sólo cambió el nombre del partido en el gobierno.
Porque usar a 30 mil servidores de la nación para participar en la aplicación de la vacuna contra el Coronavirus, demuestra que su presidencia es igual de lo mismo. Sólo cambiaron los apellidos, De Echeverría, López Portillo, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, Peña… por López Obrador.
Esos promotores del voto para las elecciones de 2018 que mutaron y se llaman servidores de la nación, quienes usan un chaleco kaki con ese nombre, que ya se están vacunando y mandaron al final de la fila a personal del sector salud -público y privado-.
¿Por qué esos privilegios para los servidores de la nación? ¿Por qué vacunarlos ante las cámaras de la presidencia de la república? ¿Por qué hacer pública esa desvergüenza, ese abuso de poder? ¿Por qué humillar al personal de salud pública?
¿Ante la saturación de las colapsadas clínicas públicas, también con alto
riesgo de contagio, por qué humillar a los médicos privados que reciben a pacientes en sus consultorios, cierto, cobrando sus honorarios porque no viven de la caridad de la 4T?
Es inaudito saber que una youtuber que asistía a las mañaneras para aplaudir al presidente, de la noche a la mañana se acordó que había estudiado medicina y, ¡hace dos semanas!, entró a trabajar un hospital y ya fue vacunada.
Esta privilegiada de nombre Fernanda Mendoza, que con el apodo Glucosa Atómica recibía el micrófono para cuestionar al mandatario, me hizo recordar la injusta muerte por Covid de mi amigo Juan Francisco Salazar,quien durante 23 años fue director de comunicación social del IMSS en Nuevo León y padecía de hígado graso, lo cual desde el inicio de la pandemia lo ubicaba dentro de los trabajadores vulnerables. Pero nunca fue enviado a casa.
Paco tuvo la mala suerte de seguir en su puesto con la llegada al poder de la 4T en 2018, y de la pandemia después. En esos meses estuvo bajo las órdenes de la nueva delegada estatal Karla Guadalupe López López.
El 27 de julio Paco se sumó a la lista de fallecidos por Covid en Nuevo León y en México. Y puedo jurar, sin temor a equivocarme, que primero la Glucosa Atómica y los servidores de la nación hubieran recibido la vacuna antes que él. ¡Vergüenza!
P.D. Cuando escribí esta columna la encargada del Programa de Vacunación Universal, doctora Miriam Esther Veras Godoy, presentaba su renuncia al gobierno de la 4T.


