Vacaciones en la guardería

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“¿Estás de vacaciones verdad?, ¿estás descansando?”, le preguntó el doctor a mi primogénita al
terminar la consulta matutina por infección en la garganta.

“Sí pero va a la guardería”, le dije y él respondió: “¡ay pobrecita!, entonces no estás descansando”.

Eso fue hace una semana y desde entonces he traído el “pobrecita” retumbando en mi cabeza.

Los más pequeños asisten a una guardería del IMSS independientemente de la temporada del año y la mayor salió de vacaciones del kínder a finales de junio.

Pero mamá y papá trabajan, así que la agenda para ellos es acudir a una estancia para su cuidado.

Somos una familia grande, creo yo, somos cinco integrantes, así que mis hijos tienen con quien jugar, a diferencia mía que pase mi niñez solamente acompañada por mi imaginación.

Recuerdo los casi dos meses de vacaciones de cada ciclo escolar: los primeros días eran divertidos, pero después el tedio se apoderaba de mi.

Me encantaba ir a la escuela, ver a mis compañeros, platicar y jugar, y creo que a mis hijos le pasa igual.

“Mamá hicimos un trabajito”, dijo al salir la más pequeña; “hoy bailé como los pingüinos”, platico el niño y “tengo una nueva amiga que se llama Julia”, expresó emocionada la mayor.

Sus rostros al salir son el mejor indicador de que la pasaron bien, de que se divirtieron.

Si me “duele” levantarlos temprano, pero cada familia vive diferentes realidades y la nuestra es esta, en donde el tiempo de calidad a base de besos y apapacho mitigue las horas que estamos separados.

De La Vida en Bettylandia

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