Vivir para contarla

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Permítame estimado lector y lectora, tomar el título de la obra autobiográfica de Gabriel García Márquez para relatarle la sensación de los habitantes de Reynosa, que podría aplicarse a toda aquella ciudad donde los hechos de sangre son prácticamente cosa de todos los días.
Tuve la oportunidad de acudir el sábado a esa frontera, en todos los años que tengo de visitarla, nunca me había ocurrido una experiencia semejante.
Transitaba en uno de los bulevares cuando me percaté de movimiento inusual de vehículos, eran camionetas de reciente modelo, tripuladas por jóvenes que no habían pasado los 25 años. De buena apariencia, nada qué ver con alguien a quien pudiéramos tachar de delincuente.
O al menos, con la imagen que los medios de comunicación nos muestran, tipos mal encarados, mal vestidos, desagradables a la vista. Éstos jóvenes no son así, dirían las chicas, “son lindos”.
Pues bien, esos “lindos” muchachos en sus camionetas también lindas, tenían prisa por llegar a un lugar, daban vueltas como buscando algo.
Los demás automovilistas, tal vez familiarizados con esos movimientos que no respetan semáforos en rojo, permanecían tranquilos en sus vehículos, esperando llegar a sus destinos.
Mientras se escuchaba el detonar de armas de grueso calibre.
La gente cercana al lugar de la refriega se ocultó en la cocina del Carl´s Junior donde instantes antes departían contentos en familia, con sus niños, en tanto la pared de este inmueble era blanco de las balas.
Las calles de Reynosa se volvieron lugares sitiados, vehículos pesados que tuvieron la mala fortuna de cruzar por ahí fueron usados para interrumpir el tráfico.
Después de horas que se antojan eternas, la calma volvió a Reynosa, ¿qué pasó?, nadie sabe, nadie supo.
Sólo los comentarios de los reynosenses quienes coinciden que en esos momentos, si te toca pasar por un lugar en conflicto, será mejor mostrarse calmado, evitar mirar y salir lo más rápidamente del lugar, no vaya a ser que usen su vehículo como parapeto.
Los reynosenses, como en su momento los nuevolaredenses, viven para contarla, porque han estado muy cerca del peligro de una bala perdida, de un accidente del cual a veces es imposible recuperarse.
Sin embargo, al igual que en todas las ciudades del país donde la lucha entre bandas rivales, o la intervención del ejército ha dejado miles de víctimas inocentes, en Reynosa cada vez que recupera la calma vuelve a su trajín diario, las cuentas por pagar no esperan y el quedarse paralizado es lo peor que pueden hacer.
Lo que está pasando en Reynosa me recuerda que durante la Segunda Guerra Mundial la industria que más creció, después de la armamentista, fue la de los cosméticos.
Las mujeres pese a las escenas de muerte y desolación querían imaginar que todo volvería a la normalidad, salían a bailar, a divertirse, porque tal vez no habría un mañana y compraban cosméticos para verse bien, a ver si así lograban sentirse igual.
Hoy en nuestro país los habitantes de las ciudades sitiadas por la delincuencia organizada viven para contarla, son los héroes a los que nadie rinde tributo.
Hoy quiero reconocerles su valentía.
Y desear con todo el corazón que toda esta pesadilla termine, nuestros niños no pueden seguir viviendo bajo la zozobra y el miedo. Porque un país miedoso es lo que están heredando, gracias a responsabilidades no asumidas en su momento por los adultos que dirigieron y los que hoy dirigen México.

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